miércoles, 27 de agosto de 2008

Un niño creciendo en Sudáfrica: Infancia, de J. M. Coetzee


Conocer y entender un país desde su literatura tal vez sea una pretensión desmedida, sin embargo uno puede acercarse a un país, a su cultura, a su historia desde los discursos literarios que desde éstos se pronuncian. De Sudáfrica sé muy pocas cosas, sé que está muy lejos de mi casa, sé que Nelson Mandela nació en esas tierras, sé que han existido políticas oficiales de segregación racial llamadas “Apartheid”, sé que las cosas no han sido fáciles para los sudafricanos: guerras, injusticias, discriminación, en fin, el lugar común del mundo casi entero; pero también sé que tienen a J. M. Coetzee entre sus escritores nacionales: sin duda un escritor que a cualquier país le gustaría tener entre sus ciudadanos. En su novela Infancia (Barcelona: DeBols!llo, 2004), Coetzee nos narra en tercera persona el mundo visto desde los ojos de un niño blanco que va creciendo entre Ciudad del Cabo y Worcester. Su relación de amor-odio con la madre, la apatía y cierta indolencia afectiva hacia el padre y la familia de éste, la vida en el campo, la escuela y las diferencias de mundos que se tropiezan en ella; las acentuadas disimilitudes étnicas, sociales, culturales, religiosas y lingüísticas existentes en una misma escuela, dentro de una misma ciudad, en la extensión de un país de una complejidad étnica explosiva: “Hay gente blanca y gente de color y nativos; estos últimos son los más bajos y ridiculizados. El paralelismo con el cuento salta a la vista: los nativos son el tercer hermano” (77).

Con la conducción de un hilo narrativo sencillo pero bien forjado, con imágenes puntuales sin los peligrosos excesos nostálgicos a los que puede conducir este tipo de temática de la memoria, Coetzee va armando su novela y construyendo, desde la distancia, la vida de John, el niño de origen afrikaner pero de costumbres inglesas que de Ciudad del Cabo se muda junto a sus padres y hermano menor a Worcester:

Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombres de árboles, aunque todavía no hay árboles (7).

Una vez que uno, lector, entra a esas calles con nombres de árboles, pero sin árboles, sigue adentrándose en la ciudad, en la casa y a la vida de esta familia, siguiendo muy de cerca los pasos del pequeño, tratando de llevarle la marcha en bicicleta, sintiendo el frío del invierno entre sus manos y el manubrio, viendo a través de sus ojos a los niños de color, los nativos pobres y descalzos, los afrikaners; tratando de entender junto a él sus usos lingüísticos:

Aun así el lenguaje de los chicos afrikaners es soez a más no poder. Dominan una variedad de tacos muy superior a la suya, relacionados con fok (follar) y con piel (polla) y con poes (coño), palabras que le turban por su contundencia monosilábica. ¿Cómo se escriben? Hasta que no sepa escribirlas no tendrá forma de fijarlas en la memoria. ¿Fok se escribe con "v", lo que haría de ella una palabra más respetable, o con "f", lo que la convertiría en una palabra salvaje de verdad, primaria, sin ancestros? (68)

Coetzee hace referencias constantes a los usos del lenguaje, hecho entendible por dos razones: Coetzee es lingüista y está “enunciando” desde la vasta pluralidad lingüística sudafricana. John, el niño de ascendencia afrikaner (descendientes de los colonos holandeses y germanos que poblaron Sudáfrica en el siglo XVII), pero con crianza y lengua inglesa, vive en un mundo polifónico que a veces no entiende y al que llega a rechazar y detestar:

(…) siempre se habla inglés en casa, y por siempre el primero en inglés en el colegio, se ve a sí mismo como un inglés. Aunque su apellido es afrikaner, aunque su padre es más afrikaner que inglés, aunque él mismo hable afrikaans sin acento inglés, nunca podría pasar por afrikaner (145).

John es un personaje complejo, contradictorio. Curioso y cruel; tirano y débil. Pasa de sentir misericordia por la paliza con que han castigado a un niño negro a sentir desprecio por los afrikaners de pies descalzos y pantalones cortos que estudian en su escuela. Acerca de él se refiere el autor cuando dice: “Él tiene un corazón viejo, oscuro y endurecido” (143). Detrás de John está Sudáfrica, la impronta colonial europea en suelo africano, los remedos de la guerra cosidos con el hilo de las experiencias del padre, los descalabros raciales, la precocidad ambigua y sexual del niño que crece entre las diferencias de blancos, negros, afrikaners; protestantes, católicos y judíos. Detrás de John está Sudáfrica que, aunque tan lejana, se nos hace cercana en sus adversidades e injusticias, en un mundo donde ningún lugar está exento de su toque de miseria.


Carolina Lozada
Ilustración: "Rue Mouffetard", Henri Cartier-Bresson