lunes, 11 de agosto de 2008

António Lobo Antunes, Ayer no te vi en Babilonia


Un grosellero con una muñeca tirada a su lado, sin dueña. Un cuerpo pequeño, de niña; colgado, muerto, balanceándose en forma de recuerdo en el insomnio de la madre. Una mujer sin sangre, con el vientre cerrado. Un hombre en Évora, lejos de la mujer que lo espera en Lisboa. Una noche en ciudades portuguesas sin sueño, con árboles extranjeros plantados en sus suelos, asomados desde el afuera de los ventanales: pitas, boj, manzanos, olmos; árboles callados que acompañan la lluvia y los insectos entre los recuerdos de seres que desde el adentro de la noche se miran y se encuentran en los pasillos del pasado. Recuerdos, voces y lejanías son parte de Ayer no te vi en Babilonia (Barcelona: Mondadori, 2007) de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942). Un libro dividido en las horas que van desde la medianoche hasta el amanecer de las cinco de la mañana. Cada hora un tránsito, cada tránsito varias vidas. Escrito en forma de ráfagas, de palabras en bandadas y combinaciones desordenadas de voces, con un lenguaje poético e incisivo, la novela de Lobo Antunes no obedece convenciones narrativas, se escapa, juega, se cuela, entra, sale, arma y desarma y se convierte en un naufragio de voces buscando islas de otros tiempos. La de Lobo Antunes es una novela de ausencias y hastíos, construida en oraciones alteradas por los estados de ánimo de quienes las pronuncian. Novela de “casas, olores y silencios”, de oscilaciones, de pasado, de alucinaciones, de inagotables interrupciones, de cuerpos y objetos cómplices y callados:

(…) parece que el alma se me sale como un humito y tengo miedo de que no regrese más, que quedándome sin alma me quede sin toda mi vida y siga respirando como respiran las cortinas y los árboles que, por más que nos hablen, no podemos oírlos, no nos preocupamos en tal caso por ejemplo de que se asustan, de que sufren, no forman parte de nosotros, andan por ahí y se acabó, cuando llevo muchas horas despierta mi cara comienza a volverse de la misma materia que esas cosas de la oscuridad y deja de ser cara, los brazos dejan de ser brazos así como los muebles han dejado de ser muebles y han perdido el nombre (77).

El escritor portugués reincide en su escritura en forma de memoria, de reconstrucción del pasado con una yuxtaposición agresiva y al mismo tiempo sutil de imágenes, conduciéndonos por hilos narrativos que zigzaguean en superposiciones de tiempo, espacio y enunciaciones. La infancia, la vejez, la guerra, la enfermedad, el desgaste del cuerpo y el temor ante la muerte son parte de los motivos tratados. Temas que en Lobo Antunes se forjan en una escritura con ritmo de movimientos musicales que van in crescendo, pero también movimientos detenidos, suspendidos sobre palabras que quedan revoloteando en habitaciones de silencio:


(…) nada de gritos, de voces, de olas, todo ocurre por dentro lejos de la vista y de las manos (…) mi padre se quitaba la gorra si pasaba un entierro y se quedaba quieto mirándolo, el entierro desaparecía en la esquina y solo entonces mi padre con la gorra calada, si estuviese ahora aquí me la quitaría a mí que no acabo de pasar (…) a mi madre nunca le oí una sola palabra, fue desapareciendo de la casa, las salas comenzaron a cambiar en cuanto dejó de existir y un dedal o un pañuelo escondidos por los muebles (287-288).

En una entrevista realizada al autor, éste confesó que escribe novelas porque no sabe escribir poesía. Contrarios a esta declaración, creemos que su escritura está sólidamente realizada sobre la posibilidad poética de nombrar el mundo. Un mundo que en António Lobo Antunes se conjuga de miseria y sutileza, de horror y encanto, de miedos y esperas, de noches con insomnio, de silencio y guerra.


Carolina Lozada