lunes, 18 de agosto de 2008

Puntos de sutura, de Oscar Marcano


La ausencia del padre es un tema antiguo, tan antiguo al menos como la historia de Telémaco, quien fue tras las huellas de su padre Ulises para vindicar su hogar en Ítaca, mancillado por los pretendientes de Penélope. Como todo mito, obedece a necesidades profundas y es susceptible de variaciones e interpretaciones diversas. Una de ellas es el mito de Áyax, sobre quien Sófocles escribe una tragedia. Este héroe de la Ilíada, el más grande después de Aquiles, es un individualista orgulloso que desdeña la ayuda de los dioses, y por ello experimenta un gran deshonor y decide suicidarse. Llama a su hijo Eurísaces para decirle que lo va a abandonar, pero que el nombre y las hazañas de su padre lo protegerán como una herencia; el padre se retira y se suicida. ¿Qué dice el hijo? Sófocles calla.

Es a este silencio al que Marcano se propuso responder en Puntos de sutura (Caracas: Seix Barral, 2007). Narra la historia de un hijo que no sólo va al encuentro de su padre, sino que, una vez muerto, va en busca de su recuerdo para aclarar el sentido de dos vidas: la suya y la de un hombre que considera egoísta, con el que está profundamente resentido por haberlo abandonado a esa edad cuando un niño más necesita a su padre, y a quien no se resigna a olvidar, porque subsiste entre ellos la herida abierta de ese abandono que ha durado muchos años y aguarda dolorosa los puntos de sutura para ser curada. Así, aunque la mayoría de los hechos que se narran en la novela pertenezcan al padre, es el hijo quien enuncia el marco narrativo desde donde se evocan sus peripecias. En su desarrollo, la novela se mueve entre el pasado y el presente, entre el padre y el hijo, pero sin que se pierda el hilo de la trama, sin caer en digresiones, sin perder la tensión ni la evolución de los personajes.

Quienes hayan sido hijos de padres divorciados, pueden quizá haber pasado por la situación en que, cuando responsabilizamos a alguno de nuestros padres por el divorcio, no perdonamos del todo a esa persona, y si accedemos a hablarle, nuestras conversaciones son indirectas, no hablamos de los afectos, de lo mucho que nos hizo falta o del tremendo enojo que nos produjo su deserción. Ésta es la situación que se produce a lo largo de la novela. A Alfonso y Antenore les cuesta hablar de la relación entre ellos mismos, y necesitan hablar de la historia de seres cercanos, que vienen, como por pretexto, como por reflejo, a iluminar lo que ha sucedido entre ellos. Hay algo más en el proceso de este diálogo. Alfonso, un creador frustrado, pero aún creador, es un inagotable contador de historias; algunas traspasan los límites de lo real, mientras que Antenore, con tendencia al desencanto, puntualiza el relato, nos devuelve a la realidad real desde donde se cuenta, pero desde donde también se puede reconocer que si hay cosas “no reales”, si están dichas en un buen relato, están justificadas. Lo que quisiera sugerir es que entre padre e hijo se da un diálogo entre dos creadores, uno escultor, el otro músico, un diálogo que, me atrevería decir, es una iniciación al arte del relato. Ambos saben que ese encuentro no va a durar mucho, desde el principio sabemos que Alfonso va a morir. Pero como en Las mil y una noches o en el Decamerón, el relato se convierte en la oportunidad de organizar el tiempo antes de que llegue el momento de la ejecución y la peste, el momento de la muerte. Y si Antenore, quien es la voz del relato que sirve de marco a la historia, nos anuncia al principio que lo que va a contarnos ha sucedido antes de que su padre se suicidara, hay razones para pensar que todo lo que el padre le ha contado ha sido un ejercicio para que a su vez el hijo pueda re-crear la historia. Es, por tanto, una novela a dos voces.

Alfonso Gabbanni y Antenore Gabbanni se llaman el padre y el hijo. El mar donde se encuentran para hablar antes de que el padre se suicide no es el de la guerra de Troya, sino el de una playa de La Guaira, en el Mar Caribe. Este último encuentro sucede en 2006, y lo que el padre cuenta gira en torno a hechos que sucedieron hace mucho tiempo. Uno de ellos es su “exilio” en Nueva York en los ochenta (¿es lo suyo un exilio?: no es un perseguido político, no experimenta conflictos de identidad ni de asimilación cultural, pero, con todo, pasa un buen tiempo separado de su tierra, en una evasión de ella y de su familia, ¿pero no hay algo de evasión en todo exilio, no supone éste evadir, huir de una realidad por otra?).

Los ochenta son los años del viernes negro, cuando Venezuela empieza a despertar del paraíso artificial del boom petrolero, en el que malgastó mucho de sus recursos provenientes de la renta. Alfonso vive una vida loca en Nueva York, dejando atrás en Venezuela un divorcio y un hijo, y aunque tiene importantes experiencias de todo tipo, no lo son lo suficientemente iluminadoras como para enmendar su camino ni para hacerlo un escultor que valga la pena recordar. Y aunque no tiene excusas que decir a su hijo ni a sí mismo, algo va a revelarle en ese último encuentro que durará unas horas, pero en las que van a condensarse el significado de toda una vida.

Y esto nos lleva al tiempo de la narración. La novela empieza en 2006: “Habían pasado doce años del monstruoso deslave” (201). El hijo: “Tenía entonces diecisiete años” (14). Deberá pasar mucho tiempo para que pueda escribir la novela del padre: “A los doce años de su muerte, recuerdo…” (250). Es decir que es en 2018 cuando Antenore escribe su narración. Esto supone ciertas complicaciones. La novela está escrita desde el futuro, pero este recurso del género fantástico sólo aparece al final, cuando Antenore describe el deterioro ecológico y urbanístico que tendrá entonces la costa del litoral.

¿Busca Marcano que el lector repita de algún modo el distanciamiento en el tiempo que Antenore experimentó con los textos escritos o leídos por Alfonso, que recibió por herencia, para poder así recatar el sentido del deterioro que rodea a los venezolanos? ¿Y qué ha pasado en esos doce años que van del encuentro último con su padre a la escritura de la novela que hace Antenore? Hay un hiato que se interpone como un obstáculo a la interpretación. Este obstáculo es mencionado al principio de Puntos de sutura, cuando Antenore confiesa que el mito de Áyax es algo que lo acompañó durante un tiempo largo, hasta que por una lectura de Esquilo “infiere” que a pesar del abandono de Ayax, el padre, más allá de su muerte, legó un nombre a su hijo que le dio la oportunidad de desarrollar un don (en el caso de Antenore, el don de narrar):


De este modo, el mezquino padre pudo haber acertado. Pero Áyax no había leído a Esquilo. Y me cuesta negar que el reconocimiento de esta historia me afectó. Mucho más, me devastó. Pero eso fue hace mucho. Ocurrió en esos tiempos en que, como a Kafka, todos los obstáculos me rompían (11).


Esta mención de Kafka es quizá la que complete ese hiato que aparece al final de Puntos de sutura. Su Carta al padre (que es otro hiato de la historia, pues nunca se la dio) es una pieza de reproches, un juicio contra alguien que se interpuso en el desarrollo de Kafka, pero que paradójicamente lo inmortalizó, pues lo hizo en parte escribir esa obra laberíntica por la que ahora todos lo recordamos. Es posible que estos cabos sueltos aporten unas claves en las amarras del final de la novela de Marcano. Sin embargo, pienso que, en el caso de Kafka, la interpretación de la Carta al padre es completada por datos que conocemos de la biografía, es decir, datos extratextuales. Puntos de sutura configura en algunos momentos claves unos vacíos que no se pueden completar con este tipo de datos. Si en algo puede ayudar la biografía, diré entonces que Alfonso Gabbbani se revela, como Marcano, seguidor de los grandes escultores de la Modernidad, y quizá por eso el novelista opte deliberadamente por los vacíos, lo incompleto, lo paradójico, la fragmentación, lo que supone un reto tanto para el escritor como para el lector.


Víctor Carreño

Ilustración: “Hombre mirando el mar”, L. S. Lowry

3 comentarios:

J. L. Maldonado dijo...

Buen artículo sobre esta extraordinaria novela. Si les apetece pueden leer el mío (tag Lecturas) y si el tiempo está a favor, escuchar en línea el programa en donde participó el propio autor. Ya vendré con frecuencia a leerlos. Mis saludos.

Pupila dijo...

Me siento perteneciente a esta temática en particular. El confuso abandono para un infante, es un destino obligatorio. El vacío está en todo, es tan real y plural como inevitable e inasible, porque existe únicamente en la individualidad. Quizás por eso, quienes escriben por él y sobre él, lo que hacen es dedicarse al oficio de la sinceridad, más allá de la escritura, ese es el reto de la vida y de todos.

Xavier dijo...

Uno de los peores libros leídos en los que va de 2010.
Leer:
http://critique-litteraire-xavier-cros.over-blog.com/article-critique-de-puntos-de-sutura-de-oscar-marcano-66222840.html