jueves, 21 de agosto de 2008

Amable Fernández, La rebelión de los disjuntos


La oralidad, fuente subterránea y sutil de lo poético, tiende puentes, comunica y proyecta una noción ampliada de literatura. El ejercicio de la oralidad en la escritura—la voz y su huella, como diría Martin Lienhard—reinventa el sentido primordial y genésico de la palabra, que es su relación con la vida, con la realidad, con la cultura. Y esta novela de Amable Fernández que tenemos en nuestras manos, fluye en el río indomable de la voz. La propuesta estética que la fundamenta la lleva a plantear una poética o teoría de las múltiples y polifónicas relaciones entre lo oral y lo escrito, en un plano desjerarquizado, horizontal y hasta anárquico.

La rebelión de los disjuntos (Caracas: Ministerio de la Cultura/Conac, 2005), teje, desde el entramado estructural narrativo de la historia y el discurso, las formas y los contenidos de lo oral. La propuesta estética de la narración no toca tangencialmente sino que se adentra en lo que es fundamental en el habla, valga decir, su actualización, el acto de comunicar. El soporte técnico de la estrategia oral de comunicación utilizado en la novela, la letra impresa, siempre estará subordinado al discurrir incesante de la voz. Esa oralidad narradora que se erige en la novela, recobra, recupera los fundamentos antropológicos de la creación poética: el mito, la leyenda. De allí su valor. Toda recuperación es en sí misma un tremendo acto de fe en el porvenir. Y esta novela de Amable Fernández no hace sino reafirmar el compromiso con el futuro que, desde el hecho literario, se hace con la cultura, entendida ésta, en su acepción antropológica, como toda práctica significativa dentro del extenso campo del quehacer humano.

Esa circularidad que une el devenir con el futuro, genera un contexto vital para entender las proyecciones de la novela. Ésta trasciende el encarcelamiento del género, para fundamentar de manera crítica una extensión intertextual con los múltiples discursos de la realidad. Fenomenológicamente diremos que la narración se acerca, a través de la oralidad, a la vida misma. La verosimilitud deja paso a la identificación. La auténtica performance del relato se recreará en este valor. El lector no se conforma únicamente con completar el sentido literario del relato sino que la vida misma de éste termina por ser una extensión de la narración. Y esto debido a que la oralidad crea ese efecto, de allí la contundencia de las reacciones en el ámbito de la sociedad y la política.

Suscribimos enteramente la aplicación crítica de la noción de espesor literario, que tanto ocupó el trabajo teórico de Ángel Rama, al ámbito de esta novela. La rebelión de los disjuntos, por las características que hemos venido señalando, es una obra con espesor, en el sentido de que en su sincronía confluyen distintos niveles y estratificaciones del sistema cultural latinoamericano. La aparente dicotomía que establece la relación oralidad/escritura, se resuelve en el proceso de la novela, en su espesor. La novela toma de las tradiciones orales y escritas las formas y los contenidos, las concreciones sintéticas de ambas estructuras, para vaciarlas en una narración que rompe con el género y el canon oficiales, y termina ampliando la noción de literatura hacia extensas áreas de la sociedad y la cultura latinoamericanas, identificadas con el signo de la heterogeneidad, la hibridez, la contradicción, la confrontación y todos aquellos valores no conciliados que plantean, ante la idea positivista y liberal de una sociedad y cultura homogénea, mestiza, armónica y no conflictiva, un mapa latinoamericano en construcción, inventado sobre la marcha de la palabra, que se hace sobre el devenir de la inevitable confrontación entre los actores que pugnan por alcanzar su expresión.

En La rebelión de los disjuntos, el tema, los personajes, el tiempo y el espacio se supeditan al intenso poder de la fabla, porque en esta novela el vigoroso lenguaje popular es el protagonista.


José Antequera
Ilustración: "El banco roto", André Kertész