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martes, 9 de noviembre de 2010

Gustavo Valle: ¿Adónde van las ruinas?


Querido Gustavo:

Mientras te escribo, el país desciende metido dentro de un inconmensurable tobogán, en el que vamos todos adentro caóticamente ordenados, de pies o de cabeza directo a un paraíso subterráneo prometido. El descenso me agobia porque el país es, al fin de cuentas, la casa que uno habita, aun cuando este lugar específico que uno llama país, por mera formalidad, no sea más que una maqueta mal diseñada y peor construida. El descenso me agobia, insisto, y por eso trato de asirme a los afectos y a los recovecos literarios para resistir el empuje hacia abajo en la ridícula procesión de los cuerpos contra la pared, los cuerpos contra el piso, los cuerpos contra el futuro. Nos empujan desde la superficie, ahora nuevamente habitada por dinosaurios. En Venezuela los dinosaurios no se extinguieron; es ése el verdadero secreto mejor guardado del Caribe, no nuestras montañas y mares, como rezaban los eslóganes publicitarios de otras épocas (no recuerdo si más felices, pero sí menos fatalistas).

Bajo estas condiciones te escribo, querido, afuera hay mucho ruido. Los dinosaurios pisan fuerte, ya lo sabes, alguna vez escribiste Bajo tierra, y sobre esa experiencia me gustaría que conversáramos, sobre la escritura subterránea. ¿Por qué decidiste explorar el vientre de una ballena descompuesta? ¿Acaso tu necesidad de buscar ciudades imaginarias te llevó a descender desde aquella ciudad superficial, cuya realidad pareciera estar sometida a la exposición de espejos deformantes? Bajo tierra nos indica que todo territorio urbano se hace de capas, lo mismo que las historias personales, y esas capas desvirtúan la quietud de lo que vemos, lo vuelven complejo. Lo imaginario también somos nosotros, entonces: tan frágiles como esos paisajes de edificios y avenidas.

También he leído versos tuyos en los que aparecen pálidas afirmaciones como “No es que mi ciudad haya sido destruida”; el verso en sí es casi una temerosa constatación del desastre, pero elaborado desde una natural negación como primera reacción ante la tragedia. Más adelante, el poema busca los trozos abnegados entre las ruinas de viejos cascotes. Si el optimismo nos dicta la idea de que el cataclismo no ha ocurrido, ¿cómo nos explicamos esa pila de escombros?

Gustavo, a veces me pregunto si en vez de quemar a Roma no hubiera sido preferible quemar a Nerón. La respuesta es bastante obvia, es que la falta de aire me hace escribir disparates, pero insisto: ¿por qué la ciudad parece sometida y sacrificada por un solo hombre, cómo llegamos a este descenso, hasta cuándo Nerón y sus excéntricos musicales? Otras veces me pregunto si acaso no somos internos de un psiquiátrico, cuya dirección está bajo la égida del doctor Caligari. No sé, no lo sé, pero de lo que sí estoy segura es de que al término de este viaje subterráneo, que además es diacrónico (boletos directos a siglos pasados), no saldremos a ningún país de las maravillas. Tal vez saldremos más adelante a la superficie, como lo hace Sebastián C. en Bajo tierra por la fuerza del agua, y miremos incrédulos y perturbados los destrozos causados por las pisadas de los dinosaurios, ojalá ya extintos. Es probable que ocurra (confío también pálidamente). Mientras tanto, Gustavo, al avanzar observamos, siempre, los cascotes que avanzan con nosotros. Por eso te pregunto, con otro de tus versos: ¿adónde van las ruinas?

Carolina

***

Querida Carolina:

Antes que nada, disculpa la demora de mi respuesta. Últimamente sufro de jaquecas impiadosas que retrasan mis asuntos a niveles indeseables y me obligan a elaborar justificaciones bastante bochornosas. Las jaquecas me atacan sobre todo en las tardes, antes de la merienda (que nunca tomo), lo que interpreto como un problema vinculado a la glucosa, o en todo caso a mis años, que sin ser muchos no escasean ni faltan, y siendo pocos muchas veces se exceden. Claro que mis peores demoras no tienen que ver con mis hábitos epistolares, sino con otros asuntos, por ejemplo, el oportuno pago de la tarjeta de crédito, la cuenta de la luz eléctrica y el seguro médico, lo que trae como consecuencia que me endeude, me apague o me enferme, tres trastornos que se repiten con cierta frecuencia y de manera cíclica. Con esto no pretendo escamotear mi compromiso con tu amable carta, pero como me he criado en un país (Venezuela, para más señas) donde el servicio de correo postal es una de nuestras mejores ficciones, y como me dedico precisamente a cultivar ficciones, o cuando menos imaginarlas, ocurre que terminé adquiriendo, con el paso de los años y por aquello que llaman desviación profesional, ciertos hábitos reprochables. Además, la vida a orillas del Río de la Plata (lugar de mi domicilio actual, como bien sabes) obliga a mecanismos de sobrevivencia que aún desconozco del todo. En la búsqueda y afinamiento de esos mecanismos se me va buena parte de mis esfuerzos. Quizás allí se encuentre también el motivo de mis jaquecas, aunque la verdad lo ignoro. Pero en fin, ya me estoy justificando, así que basta, no quiero aburrirte con mis cuitas, no vaya a ser que te arrepientas de haberme escrito. Pasemos, sin más preámbulos, al siguiente renglón.

Me hablas de un tema de actualidad: los dinosaurios. Es un tema apasionante. En lo personal, cuando supe que mi ciudad, Caracas, había sido poblada por mastodontes, mi mirada hacia ella cambió. Enterarme de que fue un enorme campo de hielo durante la época de las glaciaciones, me hizo un fantástico click. Quizás he visto mucho Discovery Channel, es cierto, pero eso posibilitó una suerte de arqueología imaginaria, completamente antojadiza, sin duda, y a partir de entonces, junto con otras arqueologías no menos arbitrarias, nació Bajo tierra. De modo que uno hace lo que puede, según reza el dicho, y aunque en mi novela no hay tiranosaurios ni mastodontes, la verdad es que podrían haber estado allí, pues, como bien dices, los dinosaurios en Venezuela no se han extinguido. A mi juicio, sólo dejaron de ser gigantescos animales prehistóricos para convertirse en gigantescos hábitos mentales. Lo dinosáurico es simplemente una manera de mirar la realidad. También una enfermedad nacional, la dinosauriasis, y hasta un problema endémico que nuestros doctores Caligari no han podido combatir.

Durante años tuvimos a nuestro eminente Dr. Caligari, archiconocido médico psiquiatra que fue rector universitario y candidato a la presidencia y que ahora está tras las rejas por homicidio calificado. Haciendo un juego parecido al que hizo Philip Roth en su novela La conjura de América, creo que los venezolanos nos merecemos una ucronía que recree el hipotético triunfo del Dr. Edmundo Chirinos en aquel remoto 1988. Tener a semejante especialista de la siquiatra rigiendo los destinos de la nación; pensar en nuestro propio y vernáculo doctor chiflado despachando en Miraflores. Y por supuesto toda una población sometida a tratamientos de cura de sueño, sedaciones multitudinarias, lobotomías masivas o poderosos electro-shocks alimentados con megavatios provenientes de la Central Hidroeléctrica de Guri. Este tipo de relato, Carolina, nos hace falta.

Es que estamos rodeados. En el presente y en el pasado, en circunstancias reales o hipotéticas, sincrónicas o ucrónicas. Temo incluso la llegada de nuevos seres prehistóricos, mastodontes de nueva raza en un futuro no muy lejano. Para sobrevivir a este formidable parque temático habría que acudir a Harrison Ford y Steven Spielberg. Pero sólo contamos con Román Chalbaud. Yo estoy bastante lejos, a unos cuantos miles de kilómetros de distancia, en la tierra de los gliptodontes, pensando en nuestros mastodontes. Quizás por eso escribí Bajo tierra, como una manera de acercarme, por debajo, a lo que no podía hacer por arriba. Porque siempre he creído que el acertijo venezolano es, y por numerosas razones, un acertijo subterráneo.

Me preguntas a dónde van las ruinas. Es curioso, pero toda mi vida pensé que éramos un país de olvidadizos. Nos reclamábamos constantemente nuestra amnesia, ¿recuerdas? ¡Qué equivocados estábamos! Hoy Venezuela es el laboratorio mundial del pretérito (imperfecto). No hay nada que se venere más que el pasado (glorioso). Nos hemos convertido en ciudadanos de la nostalgia, en recordadores profesionales. Con tanta energía puesta en la reminiscencia y las efemérides ahora somos un pueblo de melancólicos y abatidos, pesimistas y hasta iracundos, cuando antes sólo éramos convenientemente escépticos o indolentes. Pues bien, para responder a tu pregunta, creo que las ruinas están con nosotros, nos acompañan, nos vigilan, nos rodean, y con frecuencia nos aplastan, igual que los dinosaurios redivivos.

Y ante la presencia de tantos fósiles reales y mentales, ante la fervorosa adoración de nuestras más preclaras reliquias yo me pregunto: ¿por qué no traer todo aquello de vuelta y con vida en vez de seguir rememorándolo? O en otras palabras: ¿por qué exhumar a nuestros héroes en vez de clonarlos? Creo que pudimos haber hecho mejor las cosas. Clonar a Zamora, por ejemplo, y asignarle un presupuesto. Clonar a Negro Primero y ponerlo al frente de una misión. O mejor: clonar a Bolívar junto con Manuelita y revivir esa tórrida historia de amor con guerra independentista al fondo. Claro, la Organización Mundial de la Salud se hubiese llevado las manos a la cabeza, o cuando menos hubiese impuesto una serie de trabas, obstáculos y requisitos imposibles de cumplir. Previendo esto, el alto gobierno prefirió la exhumación como vía expedita para el reencuentro. Pero a pesar de lo espectacular del episodio, a pesar de la inquietante puesta en escena, pienso que a todo eso le faltó narrativa, Carolina. Quiero decir, faltó inscribir aquella apoteosis en un relato eficaz. Sé que no hay que darle ideas a quienes les sobran, pero en mi humilde opinión hubiese sido preferible olvidarnos de los huesos y componer un producto cultural, por ejemplo, una telenovela, un teledrama decoroso, catódico y entretenido. ¿Qué mejor manera, digo yo, de subir el rating político? No hablo de un largometraje sino de una telenovela, insisto—por aquello de mayor tiempo en pantalla—, una historia de amor con guerra independentista al fondo. ¡Qué maravilla! Una ficción de lo real con máquina del tiempo incluida, que reconciliaría al gobierno con el público televidente harto de cadenas ciclópeas y hojillas sangrantes. Un Regreso al futuro en versión Quinta República. Una simple y pedestre, pero ante todo nuestra, telenovela histórica. ¿Dónde están los guionistas, Carolina?

Te confieso que en un momento dado tuve la certeza de que el país desaparecería de la faz de la tierra. Pensé que de un momento a otro sería abducido por invasores extraterrestres o absorbido por un conjunto de repúblicas de signo desconocido. Por suerte esa espeluznante idea paranoica ha dado paso a otras que podrían ser suscritas por Ray Bradbury, pero que por lo pronto no voy a referir, sobre todo porque muchos ya lo han hecho y bastante bien. Al margen de esto, lo que en realidad quería decirte, y con esto termino, es que ahora, hoy en día (no sé mañana) soy optimista. Creo que sacaremos la cabeza como aquel perro semihundido del cuadro de Goya. Creo que sobreviviremos a tanta prehistoria y a tanto desconcierto. Tengo fe en ello. No sé todavía de qué forma, pero sobreviviremos. No sé todavía porque tengo fe en ello.

Pero en fin. Dejemos esto hasta aquí y sigamos cultivando nuestro huerto. Salúdame a los amigos comunes y muchas gracias por escribirme. Si sabes de algún producto de última generación (o alguna planta milagrosa de los Andes) que combata eficazmente la jaqueca, por favor avísame. Quizás así no tarde tanto en responder tus cartas y evite fabricar justificaciones bochornosas.

Va un fuerte abrazo,

Gustavo

Ilustración: “Barrio”, Xul Solar

viernes, 10 de septiembre de 2010

El Nomadismo lingüístico de Guillermo Parra

Querido Guillermo:

Llegaste de visita en los tiempos adversos de un país que se ha convertido en un mal cuento de la tierra, escrito en el estilo más grotesco posible. Venezuela, Guillermo, se nos volvió una broma oscura y pesada; somos, se puede decir, una nación tristemente alegre. Vale la paradoja para ejemplificar el país que visitas, y en el cual, supongo, de algún modo te sientes extranjero.

Como extranjera se te manifestó por primera vez la poesía, cuando escribiste los primeros versos en una lengua—el inglés—que en principio fue prestada y ahora, también supongo, ha quedado como tuya. Con ese afán de nombrar en aquella lengua, en principio ajena y ahora más próxima, te has propuesto traducir buena parte de la poesía de Ramos Sucre y Sánchez Peláez, y publicarla en Venepoetics. Como esta carta está compuesta de supuestos y de ideas preconcebidas—a partir de anteriores correspondencias—, me gustaría que la afirmaras o contravinieras; bien sabes lo necesario que es la contradicción para el hombre. También quisiera, Guillermo, que me contaras si un poeta que no escribe en su propia lengua puede considerarse un poeta autoexiliado.

Por otro lado, me daría gusto saber por qué Sánchez Peláez, por qué Ramos Sucre. De este último has dicho en tu cuenta de Twitter que tenía el propósito de desterritorializar el libro y, de ese modo, transformarlo en un espacio utópico. A partir de eso, te pregunto si esas ideas te han llevado a concebir tus propios textos de un modo distinto, tal vez como esa mezcla de estilos que notas en Ramos Sucre.

Te confieso que hace años tomé dos traducciones de Baudelaire y al descubrirlas tan distintas entre sí me sentí muy frustrada por no saber leer en francés, y dejé a Baudelaire de lado. Aprovecho esta anécdota para preguntarte: ¿una traducción poética siempre está condenada al fracaso?

Saludos y bienvenido a nuestro sórdido perfomance cotidiano,

Carolina

***

Hola, Carolina:

Comienzo esta carta con José Antonio Ramos Sucre, mi obsesión bloguera de los últimos dos años. Pero hablar de Ramos Sucre significa hablar primero de Juan Sánchez Peláez. En su libro Mujeres recién bañadas (Mondadori, 2009), Carlos Ávila escribe: “Hace poco más de dos años escuché decir a Enrique Vila-Matas que uno de sus escritores favoritos es Kafka, y que a su vez los escritores favoritos de Kafka son también sus escritores favoritos. Una ajena reflexión, esa, que me hace pensar en que podría estar pasándome precisamente lo mismo con el propio Vila-Matas…” Llegué a Ramos Sucre por Sánchez Peláez.

En 1997, recién graduado de la universidad, estaba viviendo en Providence, Rhode Island, trabajando como librero. Fui a una pequeña feria de libros en español en donde un librero dominicano me vendió media docena de títulos de la desparecida Tierra de Gracia Editores, entre los cuales estaba el último libro de Sánchez Peláez, Aire sobre el aire. Los catorce poemas de este libro mágico me cambiaron la vida, como lector y escritor. La manera en que Sánchez Peláez se apropia del surrealismo para luego refinarlo y convertirlo en algo tan original, tan extraño, me sigue inspirando. Me acuerdo del impacto que tuvo el primer poema de ese libro, “Los viejos,” al leerlo esa tarde nublada y fría en Providence:

“(…)

tampoco duermen

ni están solos

sin embargo

hállanse siempre ahí

aguardan calmos

bebiendo leche de cabra

entre amplios

corredores

más arriba de los techos

en una aldea que

pertenece a la luna

o en un hotel de Liverpool

(…)”

La primera música que escuché, cuando era niño en Cambridge, Massachusetts, fue The Beatles. Tendría que incluir su White Album en mi lista de obras de arte esenciales. Entonces, para mí, ese “Liverpool” en el poema fue la llave que me abrió el mundo que existe en la obra de Sánchez Peláez. Me enamoré de su minimalismo, de su manera de ser un visionario que se burla de sí mismo, que entiende la poesía como un submundo, irrelevante y hermoso. También me animó su devoción a la poesía francesa, ya que Rimbaud, Césaire y Lautréamont fueron importantísimos para mí cuando empecé a leer y escribir poesía. Admiro el estilo directo que Sánchez Peláez fue construyendo a lo largo de sus siete libros, para llegar a esos nueve poemas inéditos tan hermosos en su Obra poética (Lumen, 2004).

Malena Sánchez Peláez me ha contado que Juan vio a Ramos Sucre una vez en la plaza Bolívar de Caracas, mientras caminaba con sus padres. Ellos le dijeron algo así como, “Ese señor allí es el poeta Ramos Sucre…” La anécdota de esa memoria de infancia me fascina. Quizás en algunos poemas de Sánchez Peláez se escucha la voz de Ramos Sucre, un tono triste o maravillado. Yo había leído algunos textos de Ramos Sucre a comienzos de los 2000, pero no tuvieron efecto en mí, no estaba preparado para entenderlos. Fue en 2008, cuando compré su Obra completa (Biblioteca Ayacucho, 1989) durante una visita a Caracas, que de repente entendí a Ramos Sucre. Estaba inquieto esa noche por razones personales y pensé que traduciendo algún poema de Ramos Sucre podría calmarme. El poema es “La amada” y esa traducción fue la primera de Ramos Sucre que publiqué en Venepoetics, en octubre de 2008. Tardé un año en tomar la decisión de traducir toda su obra y publicarla en mi blog, pero allí comenzó mi obsesión con su escritura.

En “La amada” encuentro algunos de los elementos que me fascinan de su obra: la manera en que mezcla la poesía y la narrativa para crear un género híbrido, el uso de imágenes sorprendentemente hermosas (“El sol permaneció, horas enteras, asomado sobre la raya del horizonte.”), y la idea de la poesía como un arte que se alimenta de talismanes (“Salí confortado de su presencia, llevando, por su mandamiento, una rama de cedro.”).

Mi relación con estos dos poetas es algo muy personal, ilógico. Por ejemplo, en recientes visitas a Venezuela, haciendo diligencias en el centro de Caracas, he caminado por las calles tratando de ver los residuos de lo que habrá visto Ramos Sucre en sus caminatas nocturnas, cuando intentaba ahuyentar el insomnio. Busqué las primeras ediciones de sus libros en la Biblioteca Nacional, y tuve la oportunidad de visitar la Casa Ramos Sucre en Cumaná y ver su tumba, gracias a Rubi Guerra. Fue muy emocionante para mí ver esas primeras ediciones y estar en algunos lugares por donde pasó Ramos Sucre. Creo que esos momentos me ayudarán en mi proyecto de traducir su obra, ya que para mí es importante no solo leer la obra de los poetas que traduzco sino también estar en los lugares en que vivieron, cuando sea posible. Creo en la poesía como un talismán, una forma de vida y no meramente algo que se escribe, aunque sé que esto podría ser un romanticismo.

Viví en Venezuela desde 1976 hasta 1982. Mi padre es caraqueño y mi madre una gringa de Connecticut. Se conocieron en Boston y por eso nací en los Estados Unidos. Cuando me fui de Venezuela no regresé hasta 1990 y desde entonces he tratado de visitarla cuando pueda. Desde 2007, varias circunstancias felices me han llevado a visitar el país frecuentemente, lo que me ha dado la oportunidad de ahondar mis investigaciones sobre algunos escritores venezolanos que me interesan. Mi Venezuela siempre ha sido Caracas y sus universos (amo a esa ciudad, aunque entiendo que en muchos aspectos es una urbe desastrosa). Así que mis impresiones de Venezuela son las de alguien con raíces en varios lugares, de algún modo un extranjero en todas partes.

La verdad es que no sé cuál es mi lengua materna. Aprendí los dos idiomas simultáneamente, mi padre me hablaba en español y mi madre en inglés. Desde el kinder hasta el segundo grado estudié en Venezuela. Repetí el segundo grado en los Estados Unidos porque no había aprendido a leer y escribir en inglés todavía. A los 11 años viví en México y después de un año regresé a Caracas con un acento mexicano. Mi acento hoy es caraqueño, pero se me olvidan muchas palabras cuando hablo. Me fascina la evolución de la lengua caraqueña: me acuerdo hace cinco años cuando conocí a unas chicas venezolanas en Boston y me di cuenta de que marica es el nuevo pana.

Me fui de Caracas a los 12 años y desde entonces ha sido un lugar que pienso y entiendo en inglés primero. Para mí, la traducción de algunos poetas venezolanos se relaciona con las traducciones que el nomadismo de mis padres impuso en mi vida. Quisiera escribir algún día sobre ellos y su mundo hippie, que terminó, como casi todas las utopías, desastrosamente, aunque ya he encontrado fragmentos de sus vidas en El bonche de Renato Rodríguez y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Sí creo que las traducciones están condenadas al fracaso, pero que no importa, que en una buena traducción sobreviven suficientes elementos del original. Y además, me encanta la idea de que la traducción es una reescritura del texto, y que en esa nueva versión pueden surgir interpretaciones inesperadas. Guillermo Sucre ha calificado a Ramos Sucre como un escritor que traducía fragmentos de autores clásicos (Shakespeare, Homero, Virgilio). Además, trabajó como traductor, y me parece que tenía la conciencia de que venía de otro lugar, un mundo que era y no era Cumaná, Carúpano y Caracas. Malena me ha contado que a Juan le gustaba leer distintas traducciones de poesía para comparar las versiones. Así que con ambos poetas tengo la suerte de que la traducción es un elemento que existe de alguna manera en su obra.

No puedo decir mucho sobre Venezuela hoy. Me parece un país demasiado violento, dividido, vanidoso y peligroso, tanto que me abruma. Y ahora me doy cuenta de que ni los venezolanos mismos entienden el país. No sé si este caos es un elemento específicamente venezolano, o si refleja una situación global. Pero sí amo a Venezuela, me identifico profundamente con personas y lugares de allí que son esenciales para mí. No entiendo a Venezuela para nada y usualmente me siento muy gringo cuando estoy allí. Pienso que esa sensación de extrañeza en relación con Venezuela me impulsa a investigar y traducir la obra de algunos poetas.

En cuanto a mi poesía, no creo que las traducciones hayan influido demasiado en mi estilo. Pero sí me han ayudado a conocer mis límites como poeta, a ser humilde y trabajar mucho. Ramos Sucre y Sánchez Peláez son poetas ambiciosos y mágicos que cambiaron la poesía venezolana con su obra. Cada uno marca una nueva forma de pensar y vivir la poesía. Entonces, la traducción de su obra me sirve como un aprendizaje que espero siga por mucho tiempo.

Un abrazo,

Guillermo

Ilustración: “Le Couple”, Max Ernst

sábado, 26 de junio de 2010

Los remitentes. Carta a Stalin

Existen cartas que pueden leerse como fragmentos literarios, algunas funcionan como documentos en los que es posible dilucidar las inclinaciones, los afectos, los miedos, las necesidades, entre otras manifestaciones, carencias y excesos de escritores y artistas. El intercambio epistolar, al igual que los diarios, ha dejado un material aprovechable para acercarnos a la obra de sus remitentes. Son famosas las llamadas cartas sucias de Joyce a Nora; las arrobadas misivas de Henry Miller a Anäis Nin; la célebre carta de una entusiasta Teresa de la Parra a Miguel de Unamuno; las dolorosas misivas de Ramos Sucre dirigidas a su querida prima; las agobiantes confesiones de Van Gogh a su hermano Theo y un largo etcétera que puede recorrer la historia universal del las letras y el arte. Este breve texto no es más que un previo para dar a conocer y justificar la nueva sección que llevaremos a cabo en 500 ejemplares, la cual lleva por nombre Los remitentes, y que consiste en la periódica publicación de alguna correspondencia que mantendremos con escritores, críticos, y hacedores del medio intelectual en general, con la intención de acercarnos y mostrar los intereses y escondrijos de su quehacer.

Por otro lado, con Los remitentes también nos proponemos publicar algunas famosas muestras de la correspondencia universal. Comenzaremos con una de las cartas del dramaturgo ruso M. Bulgákov dirigida al tristemente célebre Stalin. La carta del Bulgákov, fechada en Moscú, en Julio del año 1929 (Cartas a Stalin. M. Bulgákov y E. Zamiatin. Madrid: Grijalbo, 1991) es la de un artista abrumado por la opresión del poder, es la carta de un hombre desesperado y debilitado física y mentalmente que implora el permiso, la expulsión para la necesaria huida de un país que lo arrincona y agobia; no sólo como artista sino como ser humano. Como muchos saben, el sádico destinario de Bulgákov disfrutó leer sus misivas y jugó a contemplar, a través del quiebre manifiesto en la cartas, el progresivo deterioro del dramaturgo, quien enloqueció sin lograr cruzar la frontera.


M.A. Bulgákov a I.V. Stalin

Al Secretario General del Partido I.V. Stalin, al Presidente del Comité M. I. Kalinin, al jefe de Servicio de Bellas Artes A.I. Sviderski, a Alexei Maksimovich Gorki.

Del Literato

Mijail Afanásievich Bulgákov

(Moscú, Bolshaia Pirogovskaia 35-a, apto. 6, Tf. 2-03-27).

SOLICITUD

Hace diez años que comencé a desempeñar mi trabajo literario en la URSS. De esos diez años, he consagrado a mi tarea de dramaturgo los cuatro últimos, durante los cuales he escrito cuatro obras de teatro. Tres de ellas (Los días de los Turbín, El apartamento de Zoika y La isla púrpura) han sido puestas en escena en los teatros estatales de Moscú; y la cuarta, La huida, en principio autorizada para su representación en el Teatro de Arte de Moscú, fue prohibida posteriormente durante el montaje de la obra.

Acabo de saber que han sido prohibidas las representaciones de las obras Los días de los Turbín y La isla púrpura. El apartamento de Zoika fue retirada en la pasada temporada, después de 200 representaciones, por orden de las autoridades. De modo que, en la presente temporada teatral, todas mis obras se encuentran prohibidas, incluyendo Los días de los Turbín, que ha sido representada cerca de 300 veces.

Ya anteriormente mi relato Notas sobre los puños de las camisas había sido prohibido. Prohibida la reedición de mi colección de relatos satíricos Diaboliada, prohibida la edición de mi colección de ensayos satíricos, prohibida la lectura en público de Las aventuras de Chichikov. La publicación de mi novela La guardia blanca en la revista Rossia se ha visto interrumpida, puesto que la misma revista ha sido prohibida.

A medida que iba sacando a la luz mis trabajos, la crítica en la Unión Soviética me ha ido prestando mayor atención; con todo, ninguna de mis obras, ya se trate de textos en prosa ya de obras de teatro, ha recibido jamás en ninguna parte juicio aprobatorio alguno; por el contrario, cuanta mayor notoriedad adquiría mi nombre en la URSS y en el extranjero, más virulentas se hacían las críticas de la prensa; hasta adquirir finalmente el carácter de injurias desenfrenadas.

Todas mis obras han recibido críticas desfavorables, monstruosas; mi nombre ha sido difamado, no sólo en la prensa, sino también en obras como la Enciclopedia Soviética y la Enciclopedia Literaria.

Impotente para defenderme, en distintas ocasiones he solicitado un permiso para dirigirme al extranjero; aunque sólo sería por un breve período de tiempo. Sólo he recibido negativas…

Mis obras Los días de los Turbín y El apartamento de Zoika me han sido sustraídas y enviadas al extranjero. En Riga, una editorial ha cambiado el final de mi novela La guardia blanca, sacando a la luz bajo mi nombre un libro con un final infame. Me han sido arrebatados los derechos de autor en el extranjero.

Mi mujer Liubov Evguénievna Bulgákova presentó entonces una segunda petición para que se le permitiera viajar sola al extranjero, con el fin de poner en orden mis asuntos; en cuanto a mí, me comprometía a permanecer aquí en calidad de rehén.

Hemos recibido una negativa.

He presentado muchas peticiones para que me devuelvan los manuscritos que se hallan en poder del G.P.U; y aparte de las que han quedado sin respuesta, no he recibido más que negativas.

He pedido autorización para enviar al extranjero mi obra de teatro La huida a fin de evitar que me sea sustraída.

He recibido una negativa.

Al cabo de diez años mis fuerzas se han agotado; no tengo ánimos suficientes para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar, ni representar mis obras en la URSS. Llevado hasta la depresión nerviosa, me dirijo a Usted y le pido que interceda ante el gobierno de la URSS PARA QUE SE ME EXPULSE DE LA U.R.S.S., JUNTO CON MI ESPOSA L.E. BULGÁKOVA, que se suma a esta petición.

M. BULGÁKOV

Moscú Julio de 1929