lunes, 18 de agosto de 2008

Tejer en el vacío: Lydda Franco Farías


Le tocó ser mujer y no se queja, le tocó pronunciar en femenino y lo asume; sin embargo, ella va “fifty fifty o no hay trato”. La poesía de Lydda Franco Farías está construida con palabras de desacato, palabras armadas y desobedientes, pero al mismo tiempo esa poesía se conduce entre la sutileza de una imagen que se teje en verso como forma de amor y olvido. En su Antología poética (Caracas: Monte Ávila, 2004), la escritora juega con poemas que dialogan entre sí en diferentes momentos y acentos poéticos, con ritmos menguados y crecientes, con sobriedades y desmesuras, con risa y amargura; así tenemos unos Poemas circunstanciales donde la voz de la poeta se asume desde su frágil posición en un mundo en conflicto, huraño y resquebrajado:

pero aquí me quedo
entre escombros y desperdicios (…)
porque un día aparecí sobre la tierra
y tuve voz y grité
y tuve fronteras y no quise despertar sin ellas
y tuve armas y allí están
perfiladas, inmóviles, ariscas
(3)

En su poemario Una hay declaración de autonomía, asunción del ser femenino, voz de mujer con decisión, ironía y desparpajo para permitirse negociar con el otro, sin esperar de éste otra cosa que el acuerdo, la aceptación, la no resistencia a compartir a partes iguales el pecado heredado, el destierro del paraíso:

ten en cuenta muchacho de las cavernas
que he ido ganando el derecho
de perder de igual a igual el paraíso
la paciencia
a compartir la cama
el santo y seña
el mundo
fifty fifty
o no hay trato
(39)

Una es mujer, hecha en primera persona, con sangre y sin sentimiento de culpa. Mujer en rebelión que desde la cama lanza improperios contra la casa, sus oficios y objetos habitantes:

púlete piso en redención de no empañado espejo
arde sin paz cocina del infierno
tápate olla impúdica
cuece a la sazón luego evapórate
suenan cubiertos en estampida muda
a fregar platos les llegó su hora
la carta por favor
quiero probar el albedrío
niños culpables
aúllenle a la luna
no estoy de humor para lidiar con monstruos
que no amor que no
(33)

Pero no todo es ofensiva y resistencia en la poesía de Franco Farías; la mujer que decide afrontar el papel pasivo que históricamente le ha tocado también puede convertirse “en muchacha reversible/lánguida flor de humo/sin defensas” (15).


De manera relajada, las Armas blancas ceden en A/leve, libro donde su poesía se vuelve más circunspecta, con poemas breves y sobrios hechos de versos con oráculos, candelabros, puentes de pasos inciertos y noches sin viento. Sobriedad que mantiene en Recordar a los dormidos, donde la casa es el escenario de sueños, reflexiones y visitas de fantasmas distantes:

en la casa pernoctaban
difuntos en mangas de camisa
venían a recordar a los dormidos
a zurcir airadas reminiscencias (…)
se escuchaban
en la casa tuntuneos
brusco malestar de puertas y ventanas
el techo resbalando a golpe de medianoche
(67)


La voz de la “muchacha indisciplinada” retoma su carga en Summarius, texto en el que versos vibrantes, furiosos y sin pausa se acumulan en un vertiginoso poema cuyas reflexiones y argumentos se superponen unos a otros en un apremio de circunstancias y tiempo:

dentro de un cuarto de hora debo llenar una página en blanco dentro de un cuarto de hora tendré listo el argumento sin volver atrás porque en un cuarto de hora esta oficina donde no hago más que maldecir y maldecir y hacer los que otros nunca hacen (…) dentro de un cuarto de hora pueden pasar tantas cosas por ejemplo alguien llamó para decirme que me ama a pesar de que esta noche no dormirá conmigo (23)

En los últimos poemarios de Lydda Franco Farías, presenciamos anuncios premonitorios, oscuras acechanzas, vemos seres provenientes de la neblina, se nos asoman sombras y danzas funestas, nos tropezamos con hallazgos friolentos:

me encontrarán tendida a ras de luna
o flotando lluvia abajo
en la resaca del último cigarro
en el silencio que vibra emparamado
desde donde pronuncio mi postrer discurso (…)
ya voy tierra
ya voy cenizas
ya voy olvido
(84)

Como quien se va acercando al final del recorrido, sabiendo que el camino se hace más corto a cada paso, la poeta va disminuyendo las distancias de sus versos, haciéndolos más ligeros y profundos como últimas palabras que, teme, tragará el silencio. Los versos se hacen breves como la danza de la llama que se extingue, y en su fluir evaporado hay un “desprenderse de uno mismo/caer en el vacío” (101). En adelante y hasta el final, el tiempo y el vacío serán los aliados para tejer penumbras desde el olvido, con una voz que va menguando y haciéndose muerte.


Carolina Lozada