martes, 14 de octubre de 2008

Narrativa vanguardista latinoamericana


Qué grato es encontrarse con Teresa de la Parra y su “Ermitaño del reloj” en la selección de cuentos que compone el libro Narrativa vanguardista latinoamericana (Caracas: bid & co/Universidad de los Andes, 2007); pero además de Teresa de la Parra se encuentran María Luisa Bombal, Silvina Ocampo y Marta Brunet. Sin embargo, no todas son escritoras, también hay escritores, es sólo que las damas van primero. De una dama con el talento mayor de escritora como Teresa de la Parra, tan celebrada por Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca, conocemos muy poco su incursión en la cuentística, así que esta compilación es una buena ocasión para acercarse a esta faceta de la escritora venezolana. Su cuento “El ermitaño del reloj” tiene mucho de naturaleza muerta, de “cosa-objeto” que adquiere vida y también sentimientos, e igualmente decisiones de muerte. Un relato encantador y amargamente fatalista. En María Luisa Bombal se percibe un desgarramiento ante lo real, ante lo cotidiano, en su relato “El árbol”. En esta historia, la escritora chilena nos presenta a la “ausente” Brígida, una joven esposa burguesa que poco a poco va descubriendo y padeciendo su vacío existencial, ese vacío que hace que su vida se resuma en un bostezo vespertino. Brígida intentará cubrir simbólicamente la desnudez de su vacío vital con el follaje del árbol que la resguarda del afuera de su ventana. El follaje cubre esa desnudez; una vez derrumbado el árbol, no obstante, cae el velo y Brígida queda expuesta: “Le habían quitado su intimidad, su secreto; se encontraba desnuda en medio de la calle, desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir, que no le había dado hijos” (269).

Silvina Ocampo, más curiosa, inicia un viaje de preguntas, de búsqueda del origen, en su cuento “El viaje olvidado”, y Marta Brunet en “Soledad de la sangre” asume una voz íntima que reflexiona desde la condición de ser-mujer dentro de una relación “amorosa” convencionalmente patriarcal. Brunet, con mayor osadía que su compatriota Bombal, muestra un sujeto femenino que quiere irrumpir desde una prisión cerrada con las llaves de las alianzas:

Iba huidiza, apretados contra el pecho los destrozados discos, sintiendo el fluir de la sangre por la herida caliente y pegajosa en el cuello, adentrándose hasta la piel fina del pecho. Caminaba con la cabeza gacha, rompiendo la negrura y el viento. Caminaba (…) podía andar, andar, sin fin (302).

Al grupo de estas mujeres transgresoras se unen los escritores que desde sus narraciones irrumpen con otros modos de contar, con otras maneras en la disposición espacial de su escritura. Ellos abordan temas escabrosos, usando para ello motivos grotescos y figuras siniestras. Comulgando con la tendencia vanguardista que exhibe la fealdad, lo grotesco, que ridiculiza los convencionalismos artísticos, la comodidad burguesa. Estos escritores vanguardistas latinoamericanos juegan con formas de humor, con relatos estrambóticos; así , en este orden tenemos al ecuatoriano Humberto Salvador y su cuento “Sandwich”: “¿Recuerda usted los sandwichs que se vendían a cinco y diez centavos? ¡Eran sadwichs de muerto! En uno de ellos se encontró un pedazo de oreja y por ese dato se ha descubierto todo. ¿Los comió usted?” (163).

De la misma manera, podría citar a Vicente Huidobro y su texto “El gato con botas y Simbad el marino o Badsim el marrano”, donde con humor y desbordada imaginación construye el país de Oratonia, fundándolo con su religión oficial y sus respectivas religiones herejes:

En Oratonia, como todo país que se respeta, tienen su religión oficial. En Oratonia se practica el culto a la mosca (…) En todo el país está estrictamente prohibido cubrir los guisos y los comestibles con rejillas de alambre (…) Cuando una mosca se para en la nariz o trota por el cráneo de un circunstante, todos le miran con religioso silencio y el elegido se inclina de orgullo y de felicidad, bendiciendo al destino que le señala como amado de la diosa (216).

Los ejemplos podrían seguirse extendiendo, los clásicos nombres de Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Roberto Arlt y Felisberto Hernández, obviamente, son parte de esta antología. Sin embargo, quiero destacar los trabajos de Pablo Palacio y Juan Emar. “El unicornio”, del chileno Emar, es un cuento con una alta carga de vanguardia, construido con un arsenal de imágenes delirantes y oníricas, armado de situaciones extraordinarias y una narración acelerada de acontecimientos que incluyen cadáveres, viajes submarinos y amores necrófilos: “Sobre la misma mesa recosté el cadáver de mármol de Camila, y muy lentamente—por fin—, lo desnudé. Tal cual ella había hecho momentos antes con el fruto, hice yo ahora desde sus cabellos hasta sus pies” (246).

El escritor ecuatoriano Pablo Palacio relata los oscuros deseos de Nico, el hijo del carnicero, Nico, “El antropófago”:

Al principio le atacó un irresistible deseo de mujer. Después le dieron ganas de comer algo bien sazonado; pero duro, cosa de dar trabajo a las mandíbulas. Luego le agitaron temblores sádicos: pensaba en una rabiosa cópula, entre lamentos, sangre y heridas abiertas a cuchilladas (114).

Insisto, los ejemplos pueden seguir reproduciéndose, lo mismo que la satisfacción de hallar nombres casi secretos con otros que forman ya parte del canon. Ese balance se debe al riguroso trabajo de Álvaro Contreras, encargado de la selección de los textos y autor de la acuciosa introducción, que permite situar estos cuentos en su momento histórico y que discute, además, sus temas y su lenguaje. La conjunción de esas páginas de análisis y las narraciones hacen del libro Narrativa vanguardista latinoamericana un volumen necesario para los interesados en la literatura de América Latina.


Carolina Lozada

Ilustración: “Arte abstracto – 1943”, Joaquín Torres-García

5 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Este libro solo se consigue en Venezuela?

Saludos.

Anónimo dijo...

¿Este libro se consigue únicamente en Venezuela?

Saludos.

Carolina Lozada / Luis Moreno Villamediana dijo...

Gustavo:
No estoy segura del alcance de la distribución del libro. Averigüo y te aviso.
Saludos,
Carolina

Magda Díaz Morales dijo...

No he leido a Teresa de la Parra, es una pena. A Bombal y Ocampo, sí. Bombal es una escritora excelente.

Esta antología debe de estar muy interesante.

Carolina Lozada / Luis Moreno Villamediana dijo...

Magda:
En algunas ocasiones he visitado tus Apostillas literarias y me he encontrado con mujeres maravillosas y algunas con historias tristes, pero definitivamente mujeres valiosas. Aprovecha y acércate a Teresa de la Parra, ella es una escritora fascinante, con una mirada inquieta, con una cultura envidiable y poseedora de una curiosidad vital. Sé que te va a gustar su mirada desde lo femenino en Ifigenia. Teresa de la Parra es una de las primeras escritoras latinoamericanas que se pronuncia desde lo privado, desde el adentro femenino con una voz propia, sin menoscabos. Además de todo esto, y como si fuera poco, la escritora era de un guapo terrible.
La Biblioteca Ayacucho tiene su obra completa que incluye narrativa, ensayos y cartas. También la editorial Monte Ávila ha publicado su obra narrativa; ambas editoriales son accesibles, sobre todo Monte Ávila.
En cuanto a María Luisa Bombal, me gustó bastante su relato “El árbol”, sin embargo desconozco el resto de su obra. También me gustó el relato de Marta Brunet, cuento que me parece mucho más construido, más detallista, más incisivo, más fulminante. La verdad es que este libro es una verdadera joya que incluye, además de los nombres citados en la reseña, a Arqueles Vela, César Vallejo, Gilberto Owen, Julio Garmendia, Efrén Hernández, Jaime Torres Bodet, Martín Adán, Humberto Salvador, Rogelio Sinán y Arturo Uslar Pietri.
Saludos,
Carolina Lozada