martes, 16 de septiembre de 2008

Honduras de paso


Es indudable que la poesía como escritura invente un espacio donde las metáforas no estén sujetas al devenir del tiempo. La poesía se reinventa en cada palabra que su hacedor escribe, no sólo en la cotidianidad precisa sino también en la fugacidad del momento. La Antología poética Honduras de paso del colombiano Felipe García Quintero (Mérida: Gitanjali, 2007) nos permite adentrarnos en la significación de la palabra, nos inserta en el mundo del lenguaje y su eje de ente comunicante. Su poesía cargada de paradojas funciona como un espejo donde el doble sentido de la vida nos encierra en el vacío dejado por la celeridad con que se destruyen las sociedades actuales. García Quintero vislumbra en sus textos la ceguera absoluta que acompaña al desespero, visión permanente de la insidia con que el hombre manipula la palabra:

El ciego sabe del cielo
por sus manos
las calles que me pierde
de su memoria
son tardes
de palabras compartidas
pasos ciertos como de aves
quiero sus manos
el color vencido
que su voz nombra.


La poesía de Felipe García Quintero camina por vertientes difíciles de predecir; lo que aparenta ser una antipoética, una negación de la escritura, se traduce en sus versos en un proceso de creación que deja de lado la constante simbolización del grafema para resurgir como arte poética. En el poema “Agua Rota” nos dice:

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.
Con cada paso.
Cuando escribo no quiero usarlas, no quiero tocarlas cuando hablo.
Escribo para dejas de escribir.

Pareciera que el texto anterior nos acerca a la incertidumbre vivida durante el proceso de creación; no es negarse a continuar trabajando la escritura sino sentirse absorbido por el tiempo circundante de la memoria.
En “Polvo del nombrar”, el poeta asume la paradoja de la existencialidad. La nada y el todo dejan de ser abstracciones filosóficas para convertirse en intimidades constantes. La ontología figura como el acercamiento interior entre el autor y su escritura:

LA NADA TOCA MI MANO con su voz
Expulsa el aire del paisaje cuando levanto la mirada del polvo para pregunta: ¿Quién vive?, ¿soy yo alrededor sin mí?
Escucho así las nubes dispersas mis pensamientos sobre la piedra


En “Del aire al fin”, García Quintero rememora fragmentos de su infancia. La señal desierta queda atrás, aunque prevalece en el fondo de la memoria. Los días vencidos aparecen fugazmente para acercar un relámpago al texto ensimismado. En la escuela se pregunta el poeta ¿aprenderemos a hablar? Es indudable que la voz de la infancia ya deriva hacia los caminos de la escritura.

Aun cuando el amor no es un referente marcado en esta antología, aparece señalado en algunos poemas. El poeta nos dice:

Así el amor nos quite los dientes, y temblando en el polvo la furia nada sea para el mundo su escritura.
Triste delirio donde ya no estamos.
de todo cuanto dijimos, sólo queremos ser lo que se aleja roto entre las manos por el aire.
Y si por amor perdimos los dientes, pudiéramos en el grito amar el silencio, si ahora la risa queda


El texto menciona el amor fundiéndolo con un aire de sátira, donde el humor negro prevalece sobre lo puritano del sentimiento.

Es obvio que cuando leemos a Felipe García Quintero corremos el riesgo de interiorizar los sentimientos de soledad e incertidumbre, pues su poesía está cargada de ellos. La vida como paradoja remite a la nostalgia pero también a la muerte. La muerte no como el último eslabón de la existencia sino al parecer como discontinuidad de lo que tanto amamos: la poesía.


José Gregorio González Márquez


Ilustración: “Un hombre caminando con dificultad por la calle”, Carlos Revilla