miércoles, 3 de septiembre de 2008

Adriano González León, Uno y otros cuentos


Los cuentos de Adriano González León están hechos de reciclaje, construidos desde una oralidad antepasada donde las voces de los vivos se confunden con las voces de los muertos. Cuentos de otras épocas y lugares de hombres recios y mujeres lánguidas y silenciosas; mujeres con olor a castidad y esperma de vela derretida entre las repeticiones del rosario. También hay en sus cuentos mujeres hambrientas de mundo, pero consumidas en su voracidad por las reglas de hombres toscos y severos. Escribe González León desde espacios con casas en ruinas, apenas sostenidas por recuerdos y odios aposentados en sus paredes. Casas amobladas con sillones que se quedaron moviéndose a solas, con escaparates llenos de ropa vieja, ropa de muertos. Vestidos de duelo, ropas de tías que se quedaron solas y secas. Casas con ventanas de madera apolillada, cuartos con olor a bolitas de naftalina, a alcanfor y agua florida. Sus historias hablan de miedos, secretos y venganzas familiares; buena parte de ellas están armadas de oído a partir de las conversaciones de adultos, escuchadas de soslayo por un niño mientras juega con carritos de madera y carretes de hilos cedidos por tías costureras.

Uno y otros cuentos (Caracas: Monte Ávila, 2005) condensa parte de los tres libros de cuentos del escritor valerano, más un relato en solitario: “Uno”. Así, en forma compilada, tenemos Las hogueras más altas (1957), Hombre que daba sed (1967) y Linaje de árboles (1993); libros en los que el autor cuenta historias de pasiones sin control, de personajes extraños y solitarios, de seres y naturalezas fuera de sus cauces, de regresos tardíos sin esperas:

Mateo Galbán regresó para buscar las viejas imágenes, las viejas voces lejanas. Seco, huesoso, de ojos caídos y renunciantes, se detuvo frente a la puerta de la casa, agujereada y sin pintura, cerrada por un grueso candado. Olió cerca aquel abandono que salía de las paredes dobladas, que caía del alera del zinc mugriento, y dobló la esquina para mirar por la huerta, cubierta de maleza, latas y cajones podridos. Saltó la cerca, y ya dentro, sintió el viejo ramalazo de odio, vivo aún entre las ruinas pero apaciguado por la ausencia de voces humanas (“Las voces lejanas”, 59-60).

El motivo del regreso a lugares abandonados y postrados por el tiempo se repite en varios relatos, especialmente en el libro Las hogueras más altas. Así vemos cómo en “Los antiguos viajeros” un hombre vuelve al lugar que abandonó hace veinte años y se encuentra solo en medio del silencio de la herrumbre:

Una sensación de sequía se le subió a la sangre, un punzante deseo de gritar, de pedir a grandes voces los objetos que solían prestarse los vecinos, de llamar a cada puerta destartalada, a cada postigo marcado por la polilla. Pensó que debía saludar a sus amigos, que debía contarles su regreso. Y levantó los nudillos para golpear al vacío, al hueco de sombras que quedaba entre las escasas paredes. Avanzó hasta el muelle, hasta los restos de muelle, ya con la línea de tren en zigzag, interrumpida sobre los tablones hediondos, junto al lago hediondo de aguas turbias. Todo olía a muerte (81-82).

En estos cuentos de González León, la naturaleza se apega a las reacciones viscerales y humanas y se convierte en una naturaleza rabiosa, cómplice o acusadora de los hombres, acompañando con estruendos, furias de viento y venganzas de sequías los crímenes, las huidas y las acciones soterradas de algunos personajes:

Fue como si una larga muerte, lentamente con los brazos alargados y oscuros como ramas podridas, se extendiera sobre la tierra. Este agrio aliento salía de las piedras o caía de las nubes, unas nubes grandes y lejanas, brillantes y suspendidas al borde del incendio. Por los caminos arrugados, rotos a veces en los costados sin montes, ascendía el mismo aliento, que era un vaho grasiento y sucio (29)

En su libro Hombre que daba sed, hay una presencia marcada de personajes estrambóticos, de orígenes dudosos y oficios particulares; los cuentos “Madán Clotilde”, “Los gallos de metal” y “Decían J.R” dan fe de esta aseveración. En “Madán Clotilde”, el personaje principal es una extravagante pitonisa incapaz de avizorar su propio destino. Mujer de muchos nombres, de oficios inventados por vecinos fisgones, Madán Clotilde es vista con

su túnica de flores y los bordes cosidos con un hilo amarillo, que podría parecer hilo de oro. Flecos con lentejuelas sonoras, al final de los bordados (…) Ahora están aquí, en pedazos, aumentando la eficacia de estas ropas de clarividente, entremezclados con la mugre de muchos años, los gruesos olores del aceite, las mordeduras de cucarachas y ratones (112).

Al igual que Madán Clotilde, el Giuseppe de “Gallos de metal” es un personaje curioso y atractivo para el fisgonear colectivo de un pueblo remoto y rural: “Y tú te paseabas por la plaza, con un saco de pana verde que nadie se hubiera puesto” (135). La soledad de J. R. es triste y pasmosa, una vieja decrépita y ridícula que en medio de su desolación inventa bailes y ceremonias íntimas:

Una fiesta así, que nunca hubo, y ella se encargó de hacerla para ella sola con su pañuelo verde y su camisón traído desde otro sitio para impresionar, aunque no impresionaba a nadie esa noche y ella pensara que la veía mucha gente (146).

Literatura telúrica, donde hombre y naturaleza se encuentran y reconocen cercanías cimentadas en la tierra, en lo primitivo. Narrativa de personajes grotescos, de soledades asumidas, de lugares remendados por la memoria, de amores en forma de recuerdo. Todos estos elementos son parte de la escritura de Adriano González León. Escritura que ciertamente se ve sobrecargada por el reiterado uso de imágenes sobre la desolación y el paso del tiempo, así como de imágenes atestadas de olores hediondos para referirse a los ambientes y personajes sórdidos: “Porque ella, poco a poco, olía feo. Un tufo de meaos, a ungüento, a almizcle. Tufo alumbrado por las chorreras de vela que le agrandaban la noche” (144). Este tipo de recurso es ampliamente usado por Adriano González León, al punto que se hace reiterativo, lo que desemboca en cierta monotonía en la complejidad del libro. No obstante, y a pesar de esta reincidencia, logra González León armar sus historias de manera sólida y atractiva, destreza que permite que sus cuentos sobrevivan al a veces innoble transcurrir del tiempo y se fijen con fuerza dentro del patrimonio literario nacional.



Carolina Lozada

Ilustración: “La prostituta Bijou”, Brassaï