viernes, 27 de noviembre de 2009

Flores para Lucian Blaga


Héctor Seijas viajó a Rumania con un encargo, él debía llevarle flores a la tumba del poeta Lucian Blaga; las flores iban de parte de Eugenio Montejo. Una vez en Transilvania, específicamente en el pueblo de Lancram, se acercó a una casa con jardín y niños jugando. La madre de los niños, una típica rumana con pañoleta en la cabeza, le concedió unas flores de su jardín, a cambio el extranjero les dio unas monedas a los niños, y fue a cumplir su encargo. Este episodio es parte de lo contado por Héctor Seijas, en esa especie de prólogo que antecede la breve muestra de poesía rumana del libro Siete poetas rumanos (Caracas: El perro y la rana, 2008), que contiene algunos textos de Tudor Arghezi, George Bacovia, Ion Barbu, Tristan Tzara, Nichita Stănescu, Marin Sorescu y, obviamente, Lucian Blaga.

Rumania parece ser el lugar donde se escucha el silencio, mis sospechas surgen a partir de la insistencia de escritores como Blaga, que reflexiona y se detiene sobre él en varios de sus poemas y aforismos: “… el silencio siempre está presente en la poesía, así como la muerte en todo momento está presente en la vida” (p. 40). Y bajo el nombre de “Silencio” titula a uno de sus poemas, parte de cuyos versos extraigo a continuación:

Tanto silencio hay conmigo

que creo escuchar

cómo se estrellan los rayos de la luna

en la ventana (p.28).

El silencio es para Blaga el presentimiento de la muerte. Esa que puede ser cobijada por un ataúd hecho de “Roble”:

(…) gotas de silencio

y no de sangre

corren por mis venas.

¿Por qué me domina

roble

al final del bosque,

con frágiles alas tanta paz,

cuando permanezco en tu sombra

y me acarician tus vibrantes hojas?

¿Quién sabe? Tal vez

con tu tronco han de tallar

muy pronto mi ataúd.

Quizás el silencio que me aguarda

sea el mismo que ahora siento (p.30).

Junto al silencio está la muerte, como siempre a la diestra de todo. Para el escritor George Bacovia, la sombra mortuoria habita la ciudad:

Multitudes de muertos en la ciudad, (…)

los vivos caminan y también se pudren,

con el luto sudoroso del calor;

El olor de los cadáveres persiste,

Hoy tu pecho no es tan terso (…)

Muchos muertos en la ciudad

lentamente se pudren (“Horno”, p.15).

Ante la guerra y el fin, Tristan Tzara acude a la madre, con el temor de quien huye, en su “Canto de guerra”:

Madre

la sequía me marchitó

la hierba del alma

y tengo miedo (p. 66).

Y en su huida deja atrás los espantapájaros que sembró en el campo y ve cómo el

Viejo chopo crecido

al borde de la trinchera

abre los vientres, las entrañas

rubia es la hija del posadero de Hirsoveni

¿Cuántas horas nos quedan? (p.67).

La huida se transforma en espantosa tormenta, donde la muerte es cubierta por la blancura del invierno:

(…) pisamos los cadáveres abandonados en la nieve

abrimos las ventanas de la oscuridad ahogada

por los valles se absolvieron como ventosas a los enemigos

y les dieron muerte hasta la más azul lejanía.

El frío: quebranta los huesos, como la carne

Nosotros dejamos que llore el corazón (“La tempestad y la canción del desertor”, p.73).

En este libro, además del silencio y la muerte, el agua irrumpe como elemento dominante, que hunde al mismo tiempo que regenera. Y para decirlo con los versos de Ion Barbu “deshace un alma en otro sitio” (“Arca”, p.56). Tristan Tzara ilustra la fuerza del agua, el bramido de la tormenta en su “Canto de guerra”:

En el campamento

se abatió la furia de las nubes

y arrastró los cadáveres hasta el río

creció el pudor de las aguas como la fuga de los pueblos

azotó nuestras nostalgias

y las molió como trigo (p.67).

En esta breve selección de poesía rumana no todo es silencio y muerte lluviosa y fría, existen excepciones como Nichita Stănescu y Marin Sorescu, ambos contemporáneos, nacidos en los años 30, cuyos poemas cargados de ritmo lúdico, sobre todo los del primero, y de humor negro, especialmente los del segundo, logran darle a la selección un aire de frescura. En “Quinta elegía”, Stănescu juega con un tribunal regentado por frutas, sombras, hojas y granos:

Nunca me repugnaron las manzanas

que son manzanas, por las hojas que son hojas,

por la sombra que es sombra, por los pájaros que son pájaros.

Pero las manzanas, las hojas, los pájaros, las sombras

se ofendieron conmigo para siempre.

Heme aquí llevado al tribunal de las hojas,

al tribunal de las sombras, de las manzanas, de los pájaros.

Tribunales redondos, tribunales aéreos,

tribunales frágiles, frescos.

Heme aquí condenado por no saber,

por el hastío, por la inquietud,

por no moverme.

Sentencias escritas en la lengua de los granos.

Actas de acusación selladas

con entrañas de pájaros,

fresca penitencia gris por mí decidida (p.85).

Mientras que Marin Sorescu sin abandonar la muerte, pero dándole un giro humorístico y absurdo, inventa un suicidio entre amigos, en su delirante poema “Amigos”:

Vamos a suicidarnos, les digo a mis amigos,

hoy nos hemos comunicado muy bien,

estuvimos tan tristes,

esta perfección en común

no la lograremos de nuevo

y es una pena que perdamos este momento.

Creo que la bañera es la forma más trágica,

hagamos como los notables romanos

que se cortaban las venas, discutiendo sobre la esencia del amor.

Fíjate, herví agua.

Comencemos, queridos amigos, yo cuento: uno, dos, tres (…)

(…) El infierno fue difícil para mí, se los aseguro,

sobre todo al principio, saben, estaba solo,

no había nadie con quien intercambiar unas palabras,

pero poco a poco me integré,

hice algunos amigos.

Un círculo extraordinariamente unido,

discutíamos toda clase de asuntos teóricos.

Nos sentíamos maravillosamente,

incluso llegamos al suicidio (p.99-100).

Héctor Seijas cumplió con el noble encargo, le llevó las flores a la tumba del poeta. A cambio, la mítica tierra rumana metió poemas en sus bolsillos, buena parte de ellos deudores de la canción popular. Tal vez lo hizo como agradecimiento, quizás como un guiño de ojo para que su poesía viajara con él hasta esta tierra tan lejana, con una lengua tan ajena a la suya. Ahora Seijas tenía un nuevo encargo: cogió los poemas y los tradujo, hecho que se agradece. Mientras lo hacía recordaba el pañuelo sobre la cabeza de la señora rumana y los rituales fúnebres de la vieja Transilvania.

Carolina Lozada

Ilustración: “Sfetnicul noptii”, Felix Aftene

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