viernes, 7 de agosto de 2009

La demolición de los días o la búsqueda callejera de lo sagrado y lo mineral

Si bien es cierto como —diría Mallarmé— que un poema está hecho de palabras antes que de ideas, no es menos verdad que aún cuando muchas veces el oficio del poeta se concentre en propiciar el encuentro y la imprevisible asociación de aquéllas, recurrentemente son éstas las que terminan dictando la disposición y a veces el modo de cantar de las palabras sobre la página, pues toda cacería conlleva el riesgo de hacer también del cazador una presa. Sospecho que algunas de las posibles lecturas que habrán de hacerse de Demolición de los días (Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2008) de Alexis Romero, han de ser deudoras de esta compleja trama persecutoria, donde los espacios léxico, fónico, prosódico y semántico forcejean y se sobreponen sin descanso en aras de obtener el mayor dominio posible del texto. Quizás allí subyace una de las mayores dificultades y también uno de los inocultables riesgos asumidos en esta propuesta poética, que ofrece al lector una elaborada exigencia, resultante de un previo compromiso con la conciencia de un arduo y explícito reclamo estético.

Esta lucha, manifiesta en el poema, encarna plenamente el proceso de elección de cada palabra en la poesía de Romero. Ella también guarda relación con la observación de Baudelaire, quien afirmaba que "Para conocer el alma de un poeta hay que buscar en su obra aquellas palabras que aparecen con mayor frecuencia”, pues “La palabra delata cuál es su obsesión". Puestos a revisar la obra poética de Alexis Romero no serían pocas las delatoras de su impulso creador. Entre ellas, detengámonos por ahora en el verbo “demoler”, intentando buscar una puerta de entrada a este libro. Verbo que en su caso configura una obsesión cuya significación connota la acción destructiva de lo falso en aras de la recuperación de lo esencial, de lo verdaderamente fundamental, de una base sólida sobre la cual asentar lo permanente. Así encontramos, por ejemplo, en el poema “reconsideración” de su libro La respuesta de los techos (Caracas: Equinoccio, 2008), los siguientes versos: “quise demoler las obras/ para volver a sentarme / en las piedras de la paciencia”. Idea que se reitera de otros modos, en dos poemas pertenecientes a Demolición de los días. En “notas para viajar en tren”, se afirma: “demuele los muros construidos por la prisa / toca lo poco pero sólido que aún te conforma” y en el poema “astilla”: “cuando demuelo los muros dejados por el tiempo / celebro el vacío para llenarme de ti”. Demoler es así, para Romero, una acción de redención que busca desenmascarar todo lo falso, lo que se conforma en artificio, para habitar de nuevo o por vez primera lo que se sabe cercano a una verdad originaria, de diáfana y sencilla pureza. En esta tarea se fatiga incluso en los ámbitos del lenguaje poético y del transcurrir temporal. Para combatir los fraudes del primero, habla de la “demolición del símil”, para lo segundo, el tiempo codificado que rige la rutina diaria de las ciudades contemporáneas, de la “demolición de los días”, título bajo el cual ha decidido condensar la poética contenida en este conjunto de poemas, pues aquí no se trata simplemente de registrar el suceder temporal, la deriva de los minutos y el paso de la existencia, lo que se desea ante todo es alcanzar la pureza escondida tras los escombros del presente.

No sería, pues, exagerado admitir que estamos ante una poética que se postula demoledora de lo superfluo y que aspira a rescatar, sin falsas nostalgias, la solidez de lo primigenio. El poeta se enfrenta a la ciudad y a su tiempo, amparado por las consejas del espacio familiar, del todo ajeno a las embestidas de la vida de la metrópolis, por eso nos dice: “decidí pensar en la piedra donde nace el orinoco/porque mi madre repite cuánto se aprende/de los lugares del nacimiento” (“pie variable”). Ese río de la infancia nacido de la dureza de la piedra condiciona la percepción del ciudadano, del transeúnte que recoge de las aceras “chapas de refrescos y cervezas” (“pie variable”) al borde de una calle “que no es rostro de río / pero sí cascada de cemento” (“norma de tránsito”). En esta poesía el hablante lírico se desplaza por una ciudad donde sólo se hallan “paredes de graffitis” (“origen de ciudad”). Un espacio donde el sujeto se siente “desprendido de la bondad”, convertido y degradado en “la conclusión inevitable de un diálogo / entre las tuberías de aguas blancas y negras”. Lo curioso, sin embargo, es que tampoco estamos en presencia de una poesía lárica, ansiosa de recrear la vivencia del espacio natal, del lar fundante. Aquí hasta la nostalgia ha quedado condenada, prohibida o como nos dice el hablante poético tapiada “con cemento” por ser “una falsa memoria” (“calambre”), pues “no tenemos chance de recuperar lo que nos borra” y en la calle tan sólo “nos acontecen impulsos asesinos” (“limpiar las calles”). De tal modo, la condena parece irreversible. Si demoler es buscar una verdad primigenia, construir es siempre falsear, corromper. Por eso dice en el poema “origen de ciudad”: “crea destruyendo lo que parece completo / con esta danza que invade de sagrado / aquel muro que nos hablaba distante / de la calle donde cavan y florece el desplome” o con respecto a la propia tentativa poética en “nombrar me enferma” dice: “heme corrompiendo lo que hice / porque no me basta lo que aspiro y respiro / porque nombrar es el oficio que me enferma”. La palabra no es por tanto tampoco refugio. Del mismo modo que se nos habla de la “demolición del símil” se nos alerta sobre la “corrupción de la metáfora” (“pessoa ha muerto de trópico”). Ni siquiera la palabra sagrada basta para alcanzar la verdadera experiencia de lo sagrado, pues de acuerdo a lo que se afirma “no basta con poseer las mejores traducciones de la biblia/el bhaghavad ghita la torá el corán/el popol vuh en este oficio de escupir” (“prólogo a las flores de mango”) y no bastan tampoco “las palabras cargadas sólo de palabras” (“homenaje a la poeta hallada en la bañera”) como mero juego ilusorio o vía de escape ante la crudeza de la realidad. En la ciudad, según nos lo hace saber en un poema intitulado “hospital domingo luciani” la “oración celebra el crimen”, así como también la memoria de los suicidas, que saben que “la muerte /… / es la única costumbre que no cansa” (“homenaje a la poeta hallada en la bañera”), allí se instruye sobre ésta al “chico de apartamento”, al “hijo de ciudad” y se recibe a la “señorita violencia” mientras “el alma se deleita” en “avenidas edificios y plazas” para despedir “a los siervos de la guerra” (“lay”).

“[E]l poeta es una cloaca / en equilibrio”, esto nos dice Romero en el poema “jean cohen y la poética del siglo XXI”, concepción que ratifica en otro texto, intitulado “los puentes de wystan a wzeslaw” donde “los buenos ciudadanos” toman “en cuenta el estado de podredumbre”. Es claro que estamos en un ámbito poético en el que no tienen lugar las concesiones. El lenguaje no aspira a la pureza pues sabe que ésta, si aún pervive, está detrás de las palabras y sus escombros. Por eso pregunta, en otro poema referido a la toponimia urbana caraqueña, llamado significativamente “avenida francisco de miranda”: “qué bastará / para limpiar de crímenes las palabras”. Por eso dice en “plegaria antigua”: “sombra / dame los adjetivos que en ti duermen / para despertar el día / y no repetir la escasez en los edificios / donde lo anónimo saluda a lo anónimo”. Por eso afirma también en “pessoa ha muerto de trópico”: “si algo he hecho es aprender de los homicidios / he tarareado los métodos de las páginas agredidas //la parte dulce de la descomposición / me la enseñaron mis maestras de lengua// siempre fui la primera puerta de las ciudades donde viví”.

La visión de la vivencia urbana y del mundo contemporáneo que recorre los poemas de este libro es sin duda de una crudeza demoledora. Junto al horror de la violencia citadina se suceden escenas referidas a la guerra, a Afganistán y al hambre de los niños africanos. Sin embargo, paradójicamente, a partir de ella lo que se postula realmente es una ética aleccionadora. Una ética tallada en piedra, como si de eso tratara la escritura de cada poema. Una ética mineral, deudora de la rigidez del diamante y del oro, piedras preciosas, también obsesivas en su escritura. Una apuesta que busca salvarse, como nos lo hace saber en el poema “después de leer una encíclica” de “la voluntad del óxido” y “del residuo fiel de la bauxita”. Consciente, en su “anhelo por las ciudades odiadas”, de que “el agradecimiento” le “será prohibido” (“del diario de los árboles”) el hablante lírico convoca a pájaros, poetas, escritores e intelectuales de diversos ámbitos, así como a algunas figuras bíblicas, en tanto destinatarios privilegiados de su prédica y reclamo de salvación. En las páginas de este libro, como en anteriores poemarios de Romero, ellos harán las veces de custodios de lo sagrado. En esta tarea conotos y azulejos se alternan con un amplio catálogo de hombres de letras e ideas, más con el propósito de rendirles tributo que de acudir al dato intertextual. Entre ellos encontramos a Montejo, Cadenas, Pantin, Pessoa, Auden, Gonzalo Rojas, Paul Muldoon, Czeslaw Milosz, Ungaretti, Breton, Costafreda, San Juan de la Cruz, Blanca Varela, Gamoneda, Simone Weil, Paul Auster, John Venn, William James, Jean Cohen o Jürgen Habermas. Lo propio sucederá con algunas figuras de la tradición religiosa judeo cristiana, siempre presentes en una suerte de atmosfera reverencial, donde se conjuga lo profano y lo divino. Así encontraremos al padre que “no llegó a ser cristo”, a la mujer que “ha soñado con ser abraham” o “el monte testigo de las manos de moisés”.

En el último verso del único poema donde aparece la palabra Dios en este libro. La única palabra que admite mayúsculas en él, encontramos una afirmación enigmática, que quizás a la luz de la exploración de algunos de los elementos que hemos venido señalando adquiere plena significación. Romero nos dice que “una calle sin religión no celebra sus minerales”. Allí se conjugan la experiencia citadina, la búsqueda de una verdad espiritual que convoque lo sagrado y el reconocimiento de una materia primigenia y firme, sobre la cual construir o en la cual encontrar lo permanente. De tal modo, de todo esto cabría decir que el verdadero propósito que se esconde tras esta poética, presuntamente demoledora, es uno, más bien, contradictoriamente celebratorio, pues el afán destructivo tiene como único deseo encontrar una verdad más firme y duradera: una verdad de dureza mineral. Una certeza que se erija desde la convicción espiritual, a contramano de la efímera apariencia de los días, que hurgue y resquebraje las rendijas de la vida citadina en procura del reencuentro con la experiencia poética, aquélla originaria de la que nos hablara Octavio Paz o esa última religión mencionada por Wallace Stevens y referida, tantas veces, por nuestro entrañable Eugenio Montejo. Pues quizás, en última instancia, cada poema en este libro no aspira a otra cosa que a ser vía de reencuentro con lo sagrado, a constituirse en salmo o en silenciosa oración.

Arturo Gutiérrez Plaza

Ilustración: André Kertész

1 comentario:

Anónimo dijo...

Apenas vi el nombre de este poeta, recordé haberlo leído en el blog de Jairo, "Notas al Margen".

Los poemas que ahí se compartieron me gustaron mucho. Sentí definitivamente que estábamos ante una propuesta estética fuerte y arriesgada,, lo cual esta reseña confirma, y solo nos hace querer leer el libro.

Saludos.