domingo, 8 de febrero de 2009

El universo en flotación de Sergio Chejfec


La narrativa de Sergio Chejfec parece sustentarse en la desconfianza de la narrativa, por más que esta narrativa ya sea difusa, como en Sterne y Diderot, Walser y Sebald, Saer y Lamborghini. Más que una paradoja, esa declaración es más bien la secuela de un inventario apresurado y casi estadístico: lo que se cristaliza en los libros de Chejfec no es tanto la materialidad de los actos y los gestos como su especulación—la forma imaginaria de los actos y los gestos, su entrevisión o su auspicio. En tal sentido, una novela como Mis dos mundos (Canet del Mar: Candaya, 2008) puede tender al pleonasmo: es lo que es. Su resumen es más inadecuado aun que en otros casos, con lo que acentúa la imposibilidad de un diseño morfológico que pueda provenir, siquiera turbiamente, de la tradición del folklore, el relato fantástico, la novela realista o la indisciplinada y útil mezcla de todos.

Reconocemos esa condición al mismo tiempo que Chejfec, y eso nos salva de la malicia del lector que en Mis dos mundos le sugiere repasar una reseña adversa sobre una novela previa: “La crítica era bastante negativa, decía que se trataba de un libro fallido por donde se lo mire”. El narrador interpreta en esa nota la sugerencia de una reacción puntual: “A lo mejor el mensajero anónimo buscaba mi mortificación, pensaba que yo me derrumbaría o que renunciaría a la literatura por publicar novelas fallidas, o novelas que no son novelas, no recuerdo cómo lo pensé con exactitud” (p. 17). Esa penitencia no llega a producirse, lo que deja el aviso y sus implicaciones en el vaciadero de la textualidad fosilizada. Lo que ahora insinúa Chejfec es la necesidad de esos libros genéricamente confusos, la persistencia de esa antinomia abreviada en la fórmula “novelas que no son novelas”. La literatura es de ese modo asumida como la intersección continuada del error y el ensayo, en ese mismo orden: las “fallas” de una escritura existen de antemano como desacatos y sólo pueden redimirse, irónicamente, en su perpetuación, en la prolongación de una desobediencia unida a la incertidumbre de lo que se hace o se escribe.

Esa característica se refleja en algunas elecciones del narrador. Después de asistir a una conferencia, el escritor deambula por la plaza donde se multiplican los puestos de la Feria del Libro de una ciudad del sur de Brasil. El lugar tiene todas las limitaciones de una topografía discernible: “una manzana cuadrangular con dos diagonales y dos líneas cruzadas que se tocan en el centro, donde hay una estatua” (p. 7). Esas coordenadas repiten con nostalgia la disposición central de una localidad europea y son, en ese aspecto, previsibles y miméticas, como el correlato arquitectónico de un código literario cerrado. Hay una fórmula en la descripción de ese paseo que simultáneamente parece una referencia a un canon de escritura y su socavación: “Yo habré sido el único paseante solitario de la jornada” (p. 6). La sutil apelación a las ensoñaciones del promeneur solitaire de Rousseau sólo nos sirve como el indicio de una afiliación paródica: las reflexiones filosóficas que aquella zona pueda provocar quedan anuladas por el adormecimiento. El relato requerido está asociado al sistema descompuesto de la acumulación y el sinsentido del parque mayor de esa ciudad—“una mancha verde (…) derramada como una tinta apenas contenida” (p. 14). En ese terreno se juega al abandono, a la meditación que se resiste al método y a las conclusiones, a la literatura sin anclajes predeterminados, justamente porque en el vagabundeo sin metas se sostiene el equívoco de la propia narración:

Para el observador atento, lo más difícil consistía en discernir la frontera entre sendero y bosque, o terreno, no sé cómo llamarlo, el espacio vedado del parque. Porque si uno se fijaba atentamente, como yo lo hice, el costado del camino era un franja de materias difusas, empeñosa incluso en su ambigüedad, con elementos de las dos partes y sin veredicto posible (p. 35).

En términos de pura anécdota, la novela de Chejfec es el detallado retrato de esa caminata, que antecede, y quizá hasta prepare, el quincuagésimo cumpleaños del narrador, y durante la cual se establece el aparente contrasentido de una atención incapaz de descifrar las demarcaciones que separan los distintos fragmentos. La escritura asume así la cualidad brumosa de su propia materia, con lo que opera en el espacio algo zombie, y ya disoluto, del ensayo de Montaigne y del feuilleton de Simmel, Joseph Roth y Kracauer, sin que ello suponga la sujeción a unos principios conceptuales o estilísticos. Por algo la marcha en Mis dos mundos se ejecuta en un territorio sin cartografía taxativamente declarada: sin duda debe haber fronteras, hitos, esbozos constatables, pero la misma novela nos cuenta que el narrador sólo atiende en el mapa a las posiciones relativas de todos los objetos “y no a su trazado, digamos, literal” (p. 26). De allí que resulte imposible delinear el plano del parque, definir la ubicación inequívoca del aviario, el emplazamiento del jardín de buganvillas y ligustros, el punto de la fuente, la situación del lago... Los jalones de semejante escena son aceptados como estaciones momentáneas de un trayecto sin dirección, como postas no deliberadas: el destino, así, queda definido como paraje fortuito que se alcanza por un simple accidente. Como la deambulación, la narrativa de Chejfec se carga de un contenido variable, que se articula como contingencia; metafóricamente, ese rasgo se emparienta con el carácter de los enlaces digitales más antiguos:

Internet no tiene la culpa, obvio, pero conservo el estigma de haber atravesado esa etapa de vínculos flotantes y disparatados, cuando la navegación parecía un ejercicio de relaciones caprichosas (…) después de internet ocurrió que el mismo sistema formateó mi sensibilidad, y desde entonces tiende a enlazar los hechos en secuencias de familiaridad, aunque sea forzada y muchas veces disparatada (p. 26).

La navegación primigenia tenía los atributos del hallazgo aleatorio, ajeno a los procesos de la lógica o a la seguridad de lo predecible, de allí que pueda servir, por lo menos vagamente, como patrón de escritura. En eso se da el caso de una comprensión concretada por los usos tecnológicos pero no vista como desequilibrio ni como alienación: si algo le puede importar a Chejfec de la ciencia ficción es el aporte teórico más amplio (la conversión de unos procedimientos virtuales en conducta), no la parábola de la desventura moderna. Esa referencia a la tecnología es somera y también es medular; de ella resulta el que tal vez sea el adjetivo más notable de su empresa narrativa: flotante. Flotantes eran los vínculos iniciales de internet y la experiencia que de ellos se deriva; flotante es la presencia de una vendedora de flores y de una vendedora de servilletas y manteles bordados, a medio camino entre el comercio callejero y el comercio ambulante.

La forma en que esa circunstancia se describe hace más evidente el funcionamiento de tal calificativo como eje: esas dos mujeres exhiben su condición intermedia (su basculación entre uno y otro mundo) con vergüenza, como lo haría el narrador de haberle tocado esa gestión y como de hecho lo hace en tanto que escritor: “Me avergonzaba escribir, un sentimiento que todavía se mantiene. Y como todo lo vergonzante, si uno lo quiere poner en práctica no tiene más opción que hacerlo a escondidas” (p. 121). Allí no se homologan la venta y la creación, sino una modalidad particular de cada una, una versión fluctuante de la una y la otra. La economía y la razón social de un oficio se someten en algo al análisis de la conveniencia o la pudicia, como si se tratara de instrumentos de algún orden canónico, por eso sospechoso. Lo que vale en la psicología de esas mujeres y de ese narrador es el acatamiento a unas fuerzas fronterizas. Mis dos mundos actúa, de esa manera, como el perfecto ensamble entre variados géneros de identidad y de escritura, como si únicamente en esa materialidad limítrofe de la narrativa pudiera en verdad representarse la complejidad, o la perplejidad, de una literatura como la de Chejfec.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: “The City Square”, Alberto Giacometti

6 comentarios:

mariano skan dijo...

Lei de Chejfec Baroni:un viaje y la verdad que me resultó muy original. Mis análisis son superficiales, sólo pude explorar el gusto por la digresión y un viaje por el tiempo de la narración no muy común. Baroni resultó ser una artista genial y la prosa de Chejfec la deja muy bien parada.
saludos y su crítica, como se dice en argentina ante algo sofisticado y de calidad, un balazo.

Carolina Lozada / Luis Moreno Villamediana dijo...

Mariano:

Eso que señalas sobre “Baroni: un viaje” es extensible a muchas novelas de Chejfec. Su gusto por la digresión es de tal naturaleza que de hecho subvierte y redefine la relación entre hilo narrativo e inciso. Lo que antes parecía adventicio o accidental se convierte en el centro flotante de la obra, como vemos también en “Los incompletos”, por ejemplo, donde la prosa se mueve entre la necesidad de imaginar y la de constatar hechos posibles; y también en “Los planetas”. Creo que te gustaría hacer el viaje de esas otras novelas.

Muchas gracias por tu visita y tus palabras.

Luis

Gustavo Valle dijo...

Excelente reseña, o comentario, o lectura crítica; es que también este género sufre de problemas de identidad (nadie se escapa) No he leído "Mis dos mundos", por posponer su compra, o por pensar que algún amigo me la pueda alquilar, no sé. Lo cierto es que leyendo tus líneas he pensado si cabría colocar en diálogo este último libro de S.Ch., con "Cumpleaños" de César Aira, también escrito al cumplir los 50. Parece (para nuestra alegría) que ya el medio del camino no está en los cuarenta.
Y otra cosa: "Baroni: un viaje", que fue comentado por acá, dice más de lo que somos los venezolanos que muchos libros escritos por venezolanos. Creo que esa mirada extranjera (bien sea de extranjeros o de nacionales) le hace mucha falta a nuestra literatura.
Y te debo otra lectura, pero esa va por mail...

Carolina Lozada / Luis Moreno Villamediana dijo...

Che Gustavo:

Gracias por tu comentario sobre ese escrito de identidad variable (o, para seguir con nuestro autor, “flotante”). Muy acertado lo que dices sobre la relación entre la novela de Chejfec y el libro de Aira. Te cito el comienzo de aquélla: “Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños, y si decido comenzar de este modo es porque dos amigos a través de sus libros me hicieron ver que estas fechas pueden ser motivo de reflexión, y de excusa o de justificación, sobre el tiempo vivido”. Como ves, el tema del diálogo entre obras está presente, de hecho hay varias referencias a este tópico que yo no toqué, por las consabidas, y eternas, razones de espacio. Según me dijeron, Aira es uno de esos amigos aludidos; el otro sería Martín Caparrós, que al cumplir los cincuenta publicó privadamente un pequeño libro (parece que únicamente se imprimieron cincuenta ejemplares). Sería muy interesante desarrollar ese asunto, que nos ayuda a postergar la condición de muchachos hasta nuevo aviso, como lo sugeriste. Los cincuenta son los nuevos cuarenta…

Es verdad también lo que dices de “Baroni: un viaje”. Como yo ando buscando con desesperación esa mirada foránea, hago cualquier intento por tener un pasaporte más, de donde sea; no reniego de mi nacionalidad, busco complementarla con un aire lejano. En el fondo soy un romántico alemán, capaz de apoyar hasta la muerte (de otros, entiéndase) la tesis de la extranjeridad (die Fremdheit) con tal de echarme un viaje.

Por último, la respuesta agradecida a tu otra lectura también va por mail.

Luis

Anónimo dijo...

Luis y Gustavo:

No he leído a Chejfec, pero si buscan miradas extranjeras sobre lo que somos les recomiendo "Un camino en el mundo" de Naipaul. Hay un capítulo sobre Miranda que no tiene desperdicio, y otros sobre Colón y Walter Raleigh que en realidad son sobre el golfo de Paria, y aún otro más sobre un hindú trinitario que encuentra unas morocotas (¡unas morocotas!) en una casa vieja de Caracas. Como Naipaul no es un hombre muy clemente, su mirada puede ser incómodamente esclarecedora. Considero a sir V. S. un escritor del patio; es más, un escritor de patio trasero del estado Sucre.

Rubi

Carolina Lozada / Luis Moreno Villamediana dijo...

Rubi:

No he leído ese libro de Naipul, pero sí otros quizá menos inclementes (me parece que “Miguel Street” es lo bastante delicado para merecer nuestro afecto). Lo que dices es muy interesante, sin duda. Si alguien como Piglia puede considerar a Gombrowicz un escritor argentino, podemos hacer lo mismo con Chejfec y Naipaul y estimarlos como venezolanos. Es una manera de ampliar el concepto de canon nacional, de entender la literatura como un conjunto mayor de sintonías y vínculos, cosa que me parece aconsejable.

Tu comentario tiene, además, un lado aun más favorable. Ver a Naipaul como un autor del patio puede ayudarnos con la fulana autoestima; podemos jactarnos, casi nada, de tener ya un premio Nobel. No es poca cosa.

Luis