lunes, 29 de septiembre de 2008

Los trabajos del sueño de Mario Bellatin


El último libro de Mario Bellatin, El Gran Vidrio (Barcelona: Anagrama, 2007), puede ser descrito, justamente, como un libro. La tautología no tiene por fin insinuar que el volumen debe percibirse como un objet d’art o un ready-made, por más que su nombre nos refiera a Duchamp. Más allá de esa admitida relación, El Gran Vidrio es un embrollo que simultáneamente perturba los axiomas de lo real y lo ficticio, y el vínculo entre un texto y su definición. El subtítulo nos habla de “tres autobiografías”, pero esa idea poco tiene que ver con la detallada exposición de la vida del autor. Asimismo, la contraportada informa que la obra narra “una fiesta que se realiza anualmente en las ruinas de los edificios en la ciudad de México”; sin embargo, no hay rastros de esa celebración en la obra, lo que amplía aun más el concepto de desconexión como fe literaria. El contraste entre lo expuesto y lo omitido revela la abundancia del proyecto de Mario Bellatin.

Lo que se lee en esas ciento sesenta y cinco páginas es entonces el desorden de lo literal; en ese contexto, hablar de autobiografía no supone una alusión ni a la etimología ni al sentido común. La anécdota sólo puede leerse, entonces, como el ocultamiento de otras anécdotas fantasmas. El nexo entre una y otras tiene que postularse como una defensa de la multiplicidad de los significados, en la tradición que incluye a Tomás de Aquino y Dante. Así, El Gran Vidrio contiene su propia teoría de lectura: cada renglón representa algún contenido severamente metamorfoseado y tal vez irredimible. Con eso sabemos que es difícil ligar con exactitud las historias a unos eventos previos. El pasado del libro queda, de esa forma, casi abolido como excusa o pretexto. Lo autobiográfico termina por ser una posibilidad contemporánea, más que una detallada reedición de lo añorado.

En la primera sección, “Mi piel luminosa”, una mujer exhibe los genitales de su hijo a cambio de variados regalos: brazaletes, zarcillos de plásticos, labiales… La operación de trueque de hecho convierte los órganos sexuales del niño en una especie de lingam un poco devaluado pero aún potente: el símbolo original es ahora un objeto justipreciado como mercancía, cuyo valor se desprende de un acto remunerativo, siempre actual, y no de uno enteramente religioso—que implica une renovación de gestos venerados y antiguos. Es cierto que hay antecedentes de esa actividad:

54. Sé además que el oficio de madre que se dedica a mostrar los genitales de sus hijos no es tampoco de su invención.
55. Se trata de una práctica milenaria para la cual no todas las mujeres con hijos están capacitadas
(p. 15).

Esas frases apuntan a la conversión de tales expresiones en rito, pero en verdad de esas viejas ceremonias se sabe muy poco: su certeza está vagamente respaldada por unos rumores. Las visitas de esa específica mujer y el niño a los baños públicos es asunto de un eterno presente, onírico, turbiamente imposible. Lo que esa historia pueda revelar de Mario Bellatin es, también, confuso: quizá la fábula sea una reelaboración del tema de la malformación orgánica que se halla en todos sus libros. Aun así, que la materia haya sido transformada hasta promover los tanteos y la adivinación señala, con toda claridad, que esa autobiografía, como las siguientes, es un ejemplo del trabajo del sueño—lo que Freud llamara Traumarbeit. Las oraciones numeradas de esa sección acentúan esa naturaleza: como los ambientes y los decorados, cada una de ellas exalta un contenido a veces arbitrario, en ocasiones unido a otros por la mera apariencia y no por la lógica de la transición. Entre una y otra no pocas veces la sucesión rebate toda expectativa de suspenso, como si lo contado tuviera más que ver con la calidad de los sueños que con los rigores de su interpretación.

La misma variedad se encuentra en las otras partes de El Gran Vidrio. En “La verdadera enfermedad de la sheika”, lo autobiográfico está centralizado en la existencia de una comunidad derviche y su guía (la sheika), en las continuas visitas del narrador al hospital, en su profesión y en la prótesis que suple el brazo faltante. Esos elementos están enrarecidos por la presencia de una realidad invisible y no menos fidedigna. En algún instante, el narrador vive una epifanía que le descubre lo que hay de viable bajo lo manifiesto:

En ese momento se me hizo claro que para mí la sheika no era más que un punto entre una instancia y otra. Es decir, que me servía de referente para estar seguro de la existencia tanto de un mundo material como de uno conformado sólo por el espíritu. Aunque seguramente ella no hubiera estado de acuerdo con mi forma de pensar, pues ella habría insistido una y otra vez en que todo no era más que lo mismo (93-94).

Lo que haya de memoria en esas páginas tiene ese doble contenido material y espiritual; podría incluso decirse, como lo haría la sheika, que ese par se disipa hasta ser una sola entidad indistinguible. La escritura de la propia vida debe dar cuenta, de esa forma, de esa complejidad, que en la última parte de El Gran Vidrio incluye el incesante cambio de sexo, no por medio de un acto ornamental o quirúrgico, sino por la simple continuación de la historia: que Bellatin haya agregado una cuartilla a otra debería explicar suficientemente esa metamorfosis. Allí, en “Un personaje en apariencia moderno”, Bellatin es más explícito en relación con sus objetivos: “¿Qué hay de verdad y qué de mentira en cada una de las tres autobiografías? Saberlo carece totalmente de importancia” (159). Si hay algo relevante es, justamente, la fusión de toda identidad verdadera y mentirosa en un libro, sea una novela o un inventario de rotundas confidencias.

En El Gran Vidrio puede que haya, incluso, una cuarta autobiografía. La fiesta carnavalesca descrita en la contraportada a lo mejor es otra instancia del mencionado trabajo del sueño: en esa imagen probablemente se resuelva un aspecto potencial de la vida de Mario Bellatin. Esa conjetura asimismo expande el concepto de literatura y materialmente lo lleva de la tripa de papel al cartón. Esa propagación expone bien los propósitos generales de la obra.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: “The Cherry Picture”, Kurt Schwitters

domingo, 28 de septiembre de 2008

"Las posibilidades" de Rocío Silva


Aunque sin mayores méritos, salvo el tema del que habla la poeta: “mujeres […] violadas y violentadas por el personal militar cuando muchas veces sin motivo alguno, fueron acusadas de terrorismo. De la misma manera, los miembros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru secuestraron a muchas jóvenes bajo el pretexto de la militancia guerrillera pero con la finalidad última de convertirlas en esclavas sexuales (p. 11)”, Rocío Silva Santisteban (Lima, 1963) fue galardonada por Las hijas del terror (Lima: Ediciones Copé, 2007) con el Premio Copé de Plata en la XXII Bienal de Poesía, premio Copé, que organiza PETROPERÚ, en el año 2005.

Ya desde el inicio del texto, Silva Santisteban ingenuamente se excusa (y se justifica) diciendo que el texto es “un intento por poetizar el miedo, el dolor, la indiferencia y la crueldad. No puedo hablar 'en vez de' las mujeres que sobre sus cuerpos llevan la marca del sometimiento y la humillación. Trato de acercar mi palabra, en la medida de mis posibilidades y limitaciones, a las huellas que sus cuerpos dolientes han dejado sobre todas nosotras y nosotros, huellas que con increíble autoritarismo monologante la ciudad letrada se ha negado la mayoría de las veces siquiera a mirar (Ibíd., el subrayado es mío)”.

Sin embargo, más allá de esta “pretensiosa” reflexión, casi nada de esto ocurre. Al terminar de leer el libro, uno se da cuenta de que en realidad la mayoría de los textos (salvo excepción de los poemas de las páginas 17, 19 y 20) sólo son confesiones—casi existenciales—de mujeres de la clase media capitalina (y por ende urbanas) que no vivieron directamente estos sucesos, y donde el cuerpo y el dolor—característica de sus libros anteriores—sumados a la soledad, se asocian para darnos una lectura más urbana (obviamente) que campesina (o “andina”) de este conflicto que Rocío en un principio “intenta” poetizar.

Así, en el poema de la página 16 nos dice: “No quiero morir/sólo descansar/permanecer suspendida como una nube/flotar y dormir/arder y perder la forma/como un gas evanescerme/a lo largo de un extenso territorio/fugar del cuerpo/extenderme hasta llegar al lugar del vacío//No quiero morir/sólo hacerme daño/un vidrio una estaca un punzón/cualquier cosa que me agreda un poco/algunos tajos cerca del talón/una gillette como un pincel/ la paleta empapada de rojo/la nariz también enrojecida/endurecerme/una roca maciza/un monolito de carne”.

De esta manera, se puede entender que el discurso va más allá de los atisbos de aquella reflexión—casi—existencialista de la que hablé líneas arriba, hasta llegar a esa etapa patológica que todas las grandes urbes tienen: el intento (autodestructivo) de suicidio: “me tomo una taza de café/y dos lexotanes/y dos urbadanes/y dos actifeds/y me vuelvo a tirar sobre las sábanas/me acurruco entre las frazadas/para no escuchar ni sentir//y quisiera apagar la luz/clic/para siempre (p. 23)”; producto tal vez de las peripecias que dicha clase media pasó en el quinquenio 1985-1990: “Yo abro las piernas y dejo/que él fornique sobre mí como un cerdo/como un cerdo rosado/—frota tu sucio placer, ¡frótamelo!—/por un kilo de azúcar/una lata de leche (p. 34)”; “Domingo. Despierto con el ruido del mar/golpeando la pared del acantilado/tengo el libro de Eliot sobre las piernas/al frente, en la cuna, la niña infla los cachetes y parece/que va a pronunciar la magnífica palabra (p. 33)”.

También es notorio que, en algunos poemas, Silva Santisteban se deja ganar por una sociologizante “perspectiva de género (poético)”—«Pobreza: ¿es o me parece nombre de mujer? (p. 32)”, “es absurda la frivolidad de este sufrimiento, lo sé,/estudio el sistema sexo-género/la ciudad y la individuación/pero más allá de mi razón/algo supura (p. 36)”—, y una ineludible y temporal “retórica posmoderna”—lo que ella llama, al cerrar el libro, “mixes y samplers”—, algo que, creo, es totalmente válido, pero que, de alguna manera, desvirtúa el meta-relato que ella misma plantea al comienzo, pues, “no hay cuestión de género que condicione el discurso ni la lengua: son la identidad y la pertenencia, ahora sí, las que señalan el espacio de acción”, dice Ramiro Vicente (1), respecto a este texto.

Quizá una bondad (?) del libro radique en ese trabajo de imaginación (no palabra imaginada) cercana, en algunos casos, a la de telenovela mexicana (véase el título): dramática, emotiva y mediatizante, donde la mujer se hace la víctima (o se victimiza) cumpliendo perfectamente su rol de mártir (no por que ella lo quiera, sino porque así lo estipula el guión), sin que, por ende, exista una cuestión reivindicativa respecto al género: “no más, por favor, no, no, déjenme morir/cuatro cinco seis/ya no, Dios, ya no, ya no/siete/estaba completamente muerta, muerta, muerta,/ocho (p. 21)”; “ya no más, ya no más por favor/no apagues la luz, deja eso,/no, no lo hagas,/ya no quiero, no me obligues/me duele, no me trates así (p. 66)”.

Y salvo algún atisbo de reflexión en dicho guión: “Una sombra en la azotea desaparece/ante el primer rayo de sol/son el mal y el pecado que huyen/para luego asaltarme por la espalda (p. 47)”; “acá está lo tan esperado, papá—grita/un precioso bocado de tu propia carne/me arrancho el trozo y te lo devuelvo/y no me vuelvas a llamar bastarda/come de mi carne (pp. 64-65, subrayado mío)”, la poeta (no sé si intencionalmente) se convierte en la constructora de una realidad demasiado centrista, lo que llamo simplemente la “versión del fisgón”, y que da paso a la descripción de una realidad “hegemonizante” de la que toda metrópoli se jacta para saberse conocedora de su misma periferia.

¿Si no, por qué asumir la voz de otras personas, así sea que éstas no tengan los medios para hacerlo? Silva Santisteban cae, pues, en lo que ella misma ha dicho con respecto a Cecilia Valenzuela, que también ha utilizado ese estilo testimonial “no personal” del conflicto interno “para convencerse a sí mism[a] de su bondad: asumiendo que el otro, (…) es un ser que debe ser tutelado y encaminado por la vida” (2); por ello, no me parece que quede librada de la 'demagogia y del populismo', tal como manifiesta Javier Ágreda (3) en un comentario respecto al libro.

Para terminar, tal vez sería bueno recomendar un buen tema para que Rocío Silva Santisteban escriba más adelante: el problema de las “Trabajadoras del hogar” algo que, supongo, sí debe estar más cercano a su entorno y donde ella probablemente sí sea una testigo fiel, para que de esta manera pueda retratar lo que también “la ciudad letrada se ha negado la mayoría de las veces siquiera a mirar”; pues no creo que ellas también crean que “Gozar y moverse, gozar y moverse, gozar/y moverse: a eso debería estar resumida/la historia de la eternidad. (p. 39)”.


(1) http://www.paralelosur.com/revista/revista_dossier_025.htm
(2) http://kolumnaokupa.blogsome.com/2008/04/25/chichi/
(3) http://agreda.blogspot.com/2007/las-hijas-del-terror.html


José Córdova. Co-director de la revista de creación literaria “Ablaciones”. Co-editor de Cascahuesos Editores y director de la bitácora Panóptico Literario (http://panopticoliterario.blogspot.com/). Ha publicado dos antologías de su poesía: Pre-textos (Arequipa: Editorial UNSA, 2002) y la plaqueta Perfil del desencuentro (Arequipa: Cascahuesos Editores, 2007).

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Mujeres del sur

Las mujeres del sur son rostros, manos, cabelleras y quehaceres. Imágenes de mujeres habitantes de los pueblos del sur merideño. Viejas con rostros atravesados por el tiempo, niñas de miradas curiosas, muchachas con sus vestidos de primera comunión, mujeres de blanco, en preparativos para el altar, son parte de las imágenes captadas por los fotógrafos José Alejandro González y Gerard Uzcátegui y compiladas por Libia Planas en el libro Mujeres del sur (Mérida: Centro de Conservación Documental Pueblos del Sur, 2008). Este libro, dividido en dos épocas, en las miradas de dos fotógrafos, en etapas de blanco y negro y en momentos de color, fija trozos de las historias sencillas y cotidianas de las habitantes de esas pequeñas poblaciones ubicadas en uno de los costados de la ciudad de Mérida. Así tenemos las fotografías de mujeres en sus faenas diarias: parteras, hacedoras de jabón de tierra, mujeres que desgranan el maíz, mujeres que amasan el pan, mujeres rezanderas que curan el “mal de ojo”.

El lente de los fotógrafos se detiene en detalles como la trenza de una larga y encanecida cabellera, las uñas de manos acostumbradas al trabajo rudo del campo, las manos de hilanderas con sus hilos antiquísimos; hilos y arrugas como la escena de un cuento construido a fuerza de memoria, a fuerza de repetición. Los dedos de parteras, mujeres dadoras de luz; brazos fuertes para amasar el pan, manos que velan la tierra. Fotos que siguen los pasos lentos de pies cubiertos con zapatos tejidos. Rostros muy viejos con sonrisas generosas de niño. Paredes de cocinas rústicas, atravesadas por plantas enredaderas, adornadas con utensilios de oficios caseros, puertas de madera crujiente, tan antiguas como los años, como el pasado. Casas con pasillos alumbrados por la luz tenue del campo.

Todo en Mujeres del sur nos remite a un tiempo y un lugar donde la vida transcurre más despacio, sin apuro. Un tiempo con olor a café recién colado, a cocina de leña. Un tiempo rozado por las ramas verdes de los maizales y perseguido por los ecos de las faenas campesinas. Un tiempo invadido por sonrisas de niñas despeinadas entre los tejados de sus casas.

De este libro sólo resentimos que los breves párrafos que anteceden a las fotografías no estén a la altura de las imágenes que muestran. Son textos escuetos, sin gracia; sin embargo, fotografías como las de “Ana María, la última de los Briceño” sentada en su cocina, con su pañoleta roja cubriéndole la cabeza, y su vestido de flores, y la imagen de Ana María Parra, la partera que nos mira a los ojos con su sombrero de paja, entre otras tantas, hacen de Mujeres del sur un rico patrimonio fotográfico y documental sobre la gente y la vida de estos pueblos venezolanos.


Carolina Lozada
Ilustración: “Puertas de amor”, Jean-Luc Crucifix

miércoles, 17 de septiembre de 2008

De la renovación social y literaria en Diez días de un fin de siglo


La portada de la novela Diez días de un fin de siglo (San José: EUNED, 2007) de Emilia Macaya, nos invita a ver la película de ciencia ficción Metrópolis, de Fritz Lang, y a la a vez nos “programa” para leer la novela, entonces, en clave de ciencia ficción. Sin embargo, a pesar de la ambientación futurista, de los aires escatológicos y de las referencias al siglo XX y a otros siglos como tiempos pasados, el texto es una reflexión sobre la condición humana, y más aún, sobre la situación de la mujer en culturas patriarcales. Así, a través de diversos personajes, como Flamina, Isabel o Virginia, nos vamos adentrando en un mundo donde rigen la represión y la autocensura. Como reza la contraportada: “En medio del aislamiento al que ha obligado una catástrofe tóxica de efectos impredecibles, diez personajes, por diez días sucesivos, recontarán historias mientras develan su destino final, al tiempo que transforman y vuelven a definir sus vidas”. La novela se propone como un juego entre metatextos e intertextos, la riqueza de referencias literarias y culturales es sumamente amplia y exige un lector avisado, activo: para empezar, los diez personajes que cuentan diez relatos durante diez noches remite a Los cuentos del Decamerón de Bocaccio; luego, el relato principal se ve aumentado por las historias que se van insertando en él, y que terminan por conformar el complejo entramado. Por otro lado, la disposición y el juego tipográfico es un recurso más: dependiendo del narrador, los personajes, el momento, la historia u otros elementos, así la tipografía va cambiando, lo cual también demanda esfuerzo de parte del lector. Diez días de un fin de siglo es una novela arriesgada (en su propuesta formal y en su temática) en un medio costarricense acostumbrado a las pautas realistas y referenciales, así como a la simpleza narrativa, pues esta novela rompe con tales esquemas: la riqueza del lenguaje, la madurez y fluidez narrativa, la gama de “citas” culturales y la fuerza y pasión que se desprende de las vivencias de los personajes femeninos convierten la historia en un todo refrescante, vivo; por ello, podemos afirmar que la propuesta explora otros territorios y anuncia nuevas tendencias. Ahora, si bien acá tenemos novelas con énfasis en criticar la realidad social y cuestionar el papel de la mujer, tales como La loca de Gandoca, no logra ninguna conjugar la calidad narrativa junto con la verdadera profundización, como sí lo logra Diez días de un fin de siglo. Y es que ahí donde otros textos se quedan en la superficie, esta novela cuestiona los fundamentos mismos de una cultura falocéntrica, pues solamente de tal modo es posible pensar en un cambio. No en balde se cierne sobre la sociedad que se describe una catástrofe: el hombre blanco capitalista es quien nos ha llevado al borde del abismo, es él quien ha destruido todas las formas humanas de lo bello y elevado. Entonces, Emilia Macaya opta por un apocalipsis: recordemos que en mitología un apocalipsis implica un renacimiento. Solamente en una nueva sociedad es posible pensar y sentir distinto, y más aún, ser aceptado por ello.

En la tradición literaria costarricense es notoria, y me parece necesario destacar, la impronta que han dejado mujeres como Carmen Lyra, Virginia Grutter, Eunice Odio o Yolanda Oreamuno, quienes en una época más hostil se pronunciaron contra los estereotipos y prejuicios; contrario a las generaciones más jóvenes, las cuales solamente responden a lo "políticamente correcto", y escriben una "literatura feminista" más digerible por cierto público. Emilia Macaya no se deja llevar por las modas. Ella, experta en teorías de género, propone un texto desmitificador del lenguaje (fundamento de una cultura patriarcial) desde el punto de vista formal y propiamente lingúistico, no desde el mero contenido, directo y referencial.

Así, en Diez días de un fin de siglo, la autora nos invita a cuestionar los papeles tradicionales asignados a la mujer, nos invita a repensar los textos culturales que nos conforman; en última instancia, nos invita al cuestionamiento y por ende a la transformación. Contar historias es crearlas de nuevo, es convertir la palabra en el instrumento fundacional, pero no una palabra dominada y dominadora, sino una palabra que sea signo de libertad y liberación. El fin de un siglo implica renovación, cambio, y la novela es una clave para entrar en una nueva perspectiva, tanto social como literaria. Celebramos, por todo lo anterior, la llegada de un texto con las características descritas. Queda la invitación hecha para leer, disfrutar, pensar y disentir, si se quiere, con esta novela de una destacada escritora e intelectual costarricense.


Gustavo Solórzano Alfaro
http://asterion9.blogspot.com/

martes, 16 de septiembre de 2008

Honduras de paso


Es indudable que la poesía como escritura invente un espacio donde las metáforas no estén sujetas al devenir del tiempo. La poesía se reinventa en cada palabra que su hacedor escribe, no sólo en la cotidianidad precisa sino también en la fugacidad del momento. La Antología poética Honduras de paso del colombiano Felipe García Quintero (Mérida: Gitanjali, 2007) nos permite adentrarnos en la significación de la palabra, nos inserta en el mundo del lenguaje y su eje de ente comunicante. Su poesía cargada de paradojas funciona como un espejo donde el doble sentido de la vida nos encierra en el vacío dejado por la celeridad con que se destruyen las sociedades actuales. García Quintero vislumbra en sus textos la ceguera absoluta que acompaña al desespero, visión permanente de la insidia con que el hombre manipula la palabra:

El ciego sabe del cielo
por sus manos
las calles que me pierde
de su memoria
son tardes
de palabras compartidas
pasos ciertos como de aves
quiero sus manos
el color vencido
que su voz nombra.


La poesía de Felipe García Quintero camina por vertientes difíciles de predecir; lo que aparenta ser una antipoética, una negación de la escritura, se traduce en sus versos en un proceso de creación que deja de lado la constante simbolización del grafema para resurgir como arte poética. En el poema “Agua Rota” nos dice:

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.
Con cada paso.
Cuando escribo no quiero usarlas, no quiero tocarlas cuando hablo.
Escribo para dejas de escribir.

Pareciera que el texto anterior nos acerca a la incertidumbre vivida durante el proceso de creación; no es negarse a continuar trabajando la escritura sino sentirse absorbido por el tiempo circundante de la memoria.
En “Polvo del nombrar”, el poeta asume la paradoja de la existencialidad. La nada y el todo dejan de ser abstracciones filosóficas para convertirse en intimidades constantes. La ontología figura como el acercamiento interior entre el autor y su escritura:

LA NADA TOCA MI MANO con su voz
Expulsa el aire del paisaje cuando levanto la mirada del polvo para pregunta: ¿Quién vive?, ¿soy yo alrededor sin mí?
Escucho así las nubes dispersas mis pensamientos sobre la piedra


En “Del aire al fin”, García Quintero rememora fragmentos de su infancia. La señal desierta queda atrás, aunque prevalece en el fondo de la memoria. Los días vencidos aparecen fugazmente para acercar un relámpago al texto ensimismado. En la escuela se pregunta el poeta ¿aprenderemos a hablar? Es indudable que la voz de la infancia ya deriva hacia los caminos de la escritura.

Aun cuando el amor no es un referente marcado en esta antología, aparece señalado en algunos poemas. El poeta nos dice:

Así el amor nos quite los dientes, y temblando en el polvo la furia nada sea para el mundo su escritura.
Triste delirio donde ya no estamos.
de todo cuanto dijimos, sólo queremos ser lo que se aleja roto entre las manos por el aire.
Y si por amor perdimos los dientes, pudiéramos en el grito amar el silencio, si ahora la risa queda


El texto menciona el amor fundiéndolo con un aire de sátira, donde el humor negro prevalece sobre lo puritano del sentimiento.

Es obvio que cuando leemos a Felipe García Quintero corremos el riesgo de interiorizar los sentimientos de soledad e incertidumbre, pues su poesía está cargada de ellos. La vida como paradoja remite a la nostalgia pero también a la muerte. La muerte no como el último eslabón de la existencia sino al parecer como discontinuidad de lo que tanto amamos: la poesía.


José Gregorio González Márquez


Ilustración: “Un hombre caminando con dificultad por la calle”, Carlos Revilla

domingo, 7 de septiembre de 2008

“Tú eres el perro tú eres la flor que ladra”


La antología de poesía surrealista compilada por Floriano Martins, Un nuevo continente (Caracas: Monte Ávila, 2008), parece mostrar, en principio y someramente, que el apoyo de ese movimiento es verbal. La tradición que va de Rosamel del Valle (1901-1965) a Luis Fernando Cuartas (1959) contiene suficientes imágenes poéticas como para suponer que esa acumulación es medular. Esa afirmación no es degradante: una revuelta en la lengua tiene implicaciones políticas y hasta metafísicas. Esas imágenes son una contravención de toda lógica comunicativa. ¿Cómo glosar este par de versos de César Moro: “El pigargo la raya del oro aséptico/El bordón de bronce al aire de las rutas librar”? Lo que allí se nota es más que un sencillo reordenamiento sintáctico; entre las particulares palabras y lo posiblemente aludido hay una opacidad deliberada, proferida, central. Martins advierte que esa distancia no equivale a un nuevo lenguaje: “El surrealismo (…) proponía justamente un cuestionamiento perenne de los lenguajes que se presentasen como irreductibles” (IX). En esa explicación, el surrealismo es una experiencia crítica; que se asiente en el lenguaje y que sea también un lenguaje no parecen nociones contrapuestas.

Las proposiciones de Martins no necesariamente destacan esa condición. De hecho, su prólogo evita resumir la historia y las prácticas del surrealismo en un concepto manejable. En esas páginas se repasa el interés del movimiento en la libertad, la poesía y el erotismo, y se resalta el vínculo entre poesía y rebelión y entre individuo y sociedad. Sin embargo, esas señales apenas justifican el inventario de nombres elegidos. La cercanía entre surrealistas y beatniks, por ejemplo, puede servir para crear otra opacidad, que eventualmente tendría que complicar la selección. Como Martins declara, “ya la relación con lo Beat estaba absolutamente dentro del espíritu de rechazo que caracterizaba al surrealismo, interrelación que fue percibida por el grupo El Techo de la Ballena, en Caracas, y por los poetas brasileños Roberto Piva (1937) y Claudio Willer” (XXIII). Esa avenencia se funde en la obra de Philip Lamantia (1927-2005), quien fuera miembro tanto de la generación Beat como de un grupo surrealista. Su presencia en la antología es el resultado, entonces, de una manifiesta adscripción, apoyada en la rúbrica: que Lamantia haya firmado algunos documentos oficiales de la banda de Chicago oficialmente lo vuelve un surrealista. Es la redundancia asociada a la brevedad autográfica, que ampara la ausencia de autores como Allen Ginsberg o Gary Snider—igualmente interesados en la rebeldía, pero sin colegiación.

La poesía de este volumen es esencialmente surrealista por alistamiento y expresión. Lo que une a Humberto Díaz-Casanueva y a Aimé Césaire no es la confianza en la mecánica del automatismo, sino la constancia de la imagen verbal, de donde sea que venga. Según el primero, “el carácter ‘automático’ de la imagen no se concilia con mi afán de coaligar el fondo más tenebroso, irracional e incoherente y la lucidez más implacable junto con la emisión de sentido” (69). Para Césaire, por el contrario, “la escritura automática viaja de la superficie al fondo de las cosas” (159). Esa oposición no es obstáculo para que ambos estén en este libro; los une la conservación, siquiera parcial, de alguna simpatía por algunos dictados, y la organización verbal de los poemas. En un estadio intermedio se encuentra Hesnor Rivera, para quien debe haber un equilibrio entre la “desorganización de la palabra” y el “hilo de coherencia” de lo comunicado (363). La afirmación de Claudio Willer es igualmente rotunda: “Para mí, no hay contradicción entre el más desenfrenado automatismo surrealista y la idea poundiana de precisión y rigor en cada palabra” (553). Un poema de Juan Sánchez Peláez incluido en el libro elabora esa unión de manera sutil:

Ezra Pound quizá tenga un taller literario en el más allá o sonría frecuentemente por la inmensa ternura de Gerard de Nerval. Ha de expresar el americano universal cuando mire a las nubes: “estos perros lanudos son nuestros”. Pero entonces verán los ángeles su corazón marino y de almendra. Y atisbarán en lo oscuro, más abajo, como surgiendo de la tierra, estallando en el aire, un abanico fino de resplandor (…) (276).

En esas líneas, la ortodoxia retórica propia del surrealismo—presente en Elena y los elementos (1951)—ha sido apaciguada; aun así, hay un reconocimiento instantáneo de su afiliación, ligado a cierta junta de nombres y adjetivos; es casi una denominación de origen. En eso se distingue el surrealismo del unicornio chino descrito por Borges: podríamos estar frente a ese animal y no saber qué es; por su parte, no hay frase de aquél que no parezca remitir a su propia condición, como un espejo. La tautología, así, es persistente: surrealismo es surrealismo es surrealismo. Más allá de la alianza entre vida y poesía que exigen sus proclamas, el surrealismo es casi ahora una nacionalidad. En la Antología de la poesía norteamericana de Cardenal y Coronel Urtecho, por ejemplo, los autores elegidos son norteamericanos; en Un nuevo continente, todos son, de algún modo, surrealistas.

La referencia geográfica del título sin duda es pertinente. El propósito expreso de Martins es lograr “una inmersión más profunda en la poesía que se ha escrito en todo el continente, vinculada o no a este movimiento que defendió, visceralmente, que sólo el lenguaje poético alcanza la totalidad del ser” (XXX). La vinculación, como hemos visto, puede estar en los enunciados, si no en los manifiestos: más de seiscientas páginas lo prueban aquí complejamente. Entre Francisco Madariaga, Blanca Varela y Léon-Gontran Damas puede haber diferencias de grado, no de naturaleza. Con el resto de autores, ellos son habitantes de un espacio simbólico. Para mí, Damas fue una revelación; de sus poemas iniciales me atrajeron la contención y el juego de las repeticiones:

HAY NOCHES

Hay noches sin nombre
hay noches sin luna
en que hasta la asfixia
húmeda
me atrapa
(…)
Unas noches sin nombre
unas noches sin luna
la pena que me habita
me oprime
la pena que me habita
me ahoga
(…)

Pero el sentido explícito del título seleccionado por Floriano Martins tiene que ver con la presencia de textos de Damas, de Aimé Césaire, Philip Lamantia, Claudio Willer y otros. El nuevo continente de la poesía surrealista excede los límites de lo establecido antes por Stefan Baciu y Aldo Pellegrini: allí conviven el portugués, el español, el francés y el inglés. Con toda justicia se puede decir que Martins ha logrado una antología de poesía surrealista realmente americana. La certeza de tales adjetivos, como un acto de fe, está ya en el principio. Puede que un escéptico se permita dudar de la congruencia de lo surrealista o de lo americano; sin embargo, la riqueza de las escogencias está notariada en el índice: Rosamel del Valle, Pellegrini, Moro, Gilberto Owen, Luis Cardoza y Aragón, Díaz-Casanueva, Juan José Ceselli, Enrique Molina, Emilio Adolfo Westphalen…—cada nombre una sinécdoque del poema, otra forma de la redundancia.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: “A Warning to Mother”, Leonora Carrington

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Adriano González León, Uno y otros cuentos


Los cuentos de Adriano González León están hechos de reciclaje, construidos desde una oralidad antepasada donde las voces de los vivos se confunden con las voces de los muertos. Cuentos de otras épocas y lugares de hombres recios y mujeres lánguidas y silenciosas; mujeres con olor a castidad y esperma de vela derretida entre las repeticiones del rosario. También hay en sus cuentos mujeres hambrientas de mundo, pero consumidas en su voracidad por las reglas de hombres toscos y severos. Escribe González León desde espacios con casas en ruinas, apenas sostenidas por recuerdos y odios aposentados en sus paredes. Casas amobladas con sillones que se quedaron moviéndose a solas, con escaparates llenos de ropa vieja, ropa de muertos. Vestidos de duelo, ropas de tías que se quedaron solas y secas. Casas con ventanas de madera apolillada, cuartos con olor a bolitas de naftalina, a alcanfor y agua florida. Sus historias hablan de miedos, secretos y venganzas familiares; buena parte de ellas están armadas de oído a partir de las conversaciones de adultos, escuchadas de soslayo por un niño mientras juega con carritos de madera y carretes de hilos cedidos por tías costureras.

Uno y otros cuentos (Caracas: Monte Ávila, 2005) condensa parte de los tres libros de cuentos del escritor valerano, más un relato en solitario: “Uno”. Así, en forma compilada, tenemos Las hogueras más altas (1957), Hombre que daba sed (1967) y Linaje de árboles (1993); libros en los que el autor cuenta historias de pasiones sin control, de personajes extraños y solitarios, de seres y naturalezas fuera de sus cauces, de regresos tardíos sin esperas:

Mateo Galbán regresó para buscar las viejas imágenes, las viejas voces lejanas. Seco, huesoso, de ojos caídos y renunciantes, se detuvo frente a la puerta de la casa, agujereada y sin pintura, cerrada por un grueso candado. Olió cerca aquel abandono que salía de las paredes dobladas, que caía del alera del zinc mugriento, y dobló la esquina para mirar por la huerta, cubierta de maleza, latas y cajones podridos. Saltó la cerca, y ya dentro, sintió el viejo ramalazo de odio, vivo aún entre las ruinas pero apaciguado por la ausencia de voces humanas (“Las voces lejanas”, 59-60).

El motivo del regreso a lugares abandonados y postrados por el tiempo se repite en varios relatos, especialmente en el libro Las hogueras más altas. Así vemos cómo en “Los antiguos viajeros” un hombre vuelve al lugar que abandonó hace veinte años y se encuentra solo en medio del silencio de la herrumbre:

Una sensación de sequía se le subió a la sangre, un punzante deseo de gritar, de pedir a grandes voces los objetos que solían prestarse los vecinos, de llamar a cada puerta destartalada, a cada postigo marcado por la polilla. Pensó que debía saludar a sus amigos, que debía contarles su regreso. Y levantó los nudillos para golpear al vacío, al hueco de sombras que quedaba entre las escasas paredes. Avanzó hasta el muelle, hasta los restos de muelle, ya con la línea de tren en zigzag, interrumpida sobre los tablones hediondos, junto al lago hediondo de aguas turbias. Todo olía a muerte (81-82).

En estos cuentos de González León, la naturaleza se apega a las reacciones viscerales y humanas y se convierte en una naturaleza rabiosa, cómplice o acusadora de los hombres, acompañando con estruendos, furias de viento y venganzas de sequías los crímenes, las huidas y las acciones soterradas de algunos personajes:

Fue como si una larga muerte, lentamente con los brazos alargados y oscuros como ramas podridas, se extendiera sobre la tierra. Este agrio aliento salía de las piedras o caía de las nubes, unas nubes grandes y lejanas, brillantes y suspendidas al borde del incendio. Por los caminos arrugados, rotos a veces en los costados sin montes, ascendía el mismo aliento, que era un vaho grasiento y sucio (29)

En su libro Hombre que daba sed, hay una presencia marcada de personajes estrambóticos, de orígenes dudosos y oficios particulares; los cuentos “Madán Clotilde”, “Los gallos de metal” y “Decían J.R” dan fe de esta aseveración. En “Madán Clotilde”, el personaje principal es una extravagante pitonisa incapaz de avizorar su propio destino. Mujer de muchos nombres, de oficios inventados por vecinos fisgones, Madán Clotilde es vista con

su túnica de flores y los bordes cosidos con un hilo amarillo, que podría parecer hilo de oro. Flecos con lentejuelas sonoras, al final de los bordados (…) Ahora están aquí, en pedazos, aumentando la eficacia de estas ropas de clarividente, entremezclados con la mugre de muchos años, los gruesos olores del aceite, las mordeduras de cucarachas y ratones (112).

Al igual que Madán Clotilde, el Giuseppe de “Gallos de metal” es un personaje curioso y atractivo para el fisgonear colectivo de un pueblo remoto y rural: “Y tú te paseabas por la plaza, con un saco de pana verde que nadie se hubiera puesto” (135). La soledad de J. R. es triste y pasmosa, una vieja decrépita y ridícula que en medio de su desolación inventa bailes y ceremonias íntimas:

Una fiesta así, que nunca hubo, y ella se encargó de hacerla para ella sola con su pañuelo verde y su camisón traído desde otro sitio para impresionar, aunque no impresionaba a nadie esa noche y ella pensara que la veía mucha gente (146).

Literatura telúrica, donde hombre y naturaleza se encuentran y reconocen cercanías cimentadas en la tierra, en lo primitivo. Narrativa de personajes grotescos, de soledades asumidas, de lugares remendados por la memoria, de amores en forma de recuerdo. Todos estos elementos son parte de la escritura de Adriano González León. Escritura que ciertamente se ve sobrecargada por el reiterado uso de imágenes sobre la desolación y el paso del tiempo, así como de imágenes atestadas de olores hediondos para referirse a los ambientes y personajes sórdidos: “Porque ella, poco a poco, olía feo. Un tufo de meaos, a ungüento, a almizcle. Tufo alumbrado por las chorreras de vela que le agrandaban la noche” (144). Este tipo de recurso es ampliamente usado por Adriano González León, al punto que se hace reiterativo, lo que desemboca en cierta monotonía en la complejidad del libro. No obstante, y a pesar de esta reincidencia, logra González León armar sus historias de manera sólida y atractiva, destreza que permite que sus cuentos sobrevivan al a veces innoble transcurrir del tiempo y se fijen con fuerza dentro del patrimonio literario nacional.



Carolina Lozada

Ilustración: “La prostituta Bijou”, Brassaï

Prefacio a Culpa de los muertos, de Alejandro Maciel


Culpa de los muertos [Barcelona: Editorial Ínsula, 2008] se inscribe en la larga tradición de la escritura de la violencia en América Latina. Desde los cantares tristes de los poetas nahuas postcortesianos, los cuicapicque, recopilados en la Visión de los vencidos por el antropólogo e historiador Miguel León Portilla, que se interrogan "¿Adónde vamos?, ¡Oh amigos!..." y constatan abatidos lo acontecido en la conquista: "Y todo esto pasó con nosotros./Nosotros lo vimos,/nosotros lo admiramos. Con esta lamentosa y triste suerte/nos vimos angustiados", hasta la novela de la dictadura y del exilio, o las diversas escrituras confesionales, la palabra procura representar y así preservar en la memoria cultural el desgarramiento individual y generacional de la violencia política del continente. La literatura de la violencia tiene la tarea de "ponerle palabras hasta lo innombrable," según nos dice el "Personaje" de Culpa de los muertos, mientras se recuerda "con dolor", para parafrasear a Alejandro, el narrador autor, es decir, mientras se hace el trabajo del duelo.

El relato de Alejandro Maciel envuelve al lector en un torbellino de voces que lo incitan a reconstruir un mundo narrativo que oscila entre la evocación de los setenta y la Argentina postcrisis del nuevo milenio. El principio dialógico que rige la novela lleva al lector a cotejar las conversaciones intergeneracionales entre Alex, el narrador, y un joven argentino recién vuelto al país y entre el narrador y su sobrina. Conversaciones que, a su vez, enmarcan otras como la de los amigos desaparecidos en la represión de Corrientes, el pensamiento de un torturador y sus conversaciones con un cura involucrado con el aparato represor, así como las pláticas del personaje y el autor que cuestionan la misma razón de ser de la escritura. De esta manera, Culpa de los muertos no escribe solamente sobre la violencia sino que cuestiona tanto la función de la escritura como la propia escritura de la violencia, es decir, las posibilidades de toda representación del terror. En las charlas tituladas "Sabotajes del personaje al autor," el "Personaje" se rebela e irreverentemente denuncia el mundo caótico que construye la escritura; el autor lo rechaza explicando que con sus intervenciones "Cada vez que aparece, desaparece para el lector" y así hace hincapié en el papel asignado a una lectura comprometida en la novela.

La gran vía de acceso a Culpa de los muertos es un poderoso estilo cuya garra y finura atrapan al lector en "Todos los excesos" de su escritura. Los retruécanos, las citas de versos y canciones, los juegos con la sintaxis y la puntuación, el ritmo exaltado que capta la aguda percepción del entorno de los personajes, el lenguaje de la literatura infantil de la fábula que el narrador le destina a su sobrina por las noches son, entre otros, algunos de los elementos que seducen y sumen al lector en la configuración imaginaria del mundo de la novela.

Culpa de los muertos es también una vía de acceso descentrada a los setenta. La provincia de Corrientes es el centro de un relato que frecuentemente se narra desde el centro cultural y político de las naciones latinoamericanas, del lugar desde donde se irradia el poder de los aparatos del estado. Desde esta perspectiva de las márgenes, los grandes temas de la amistad, la historia, la memoria, la política y la violencia cobran una dimensión inusitada en una escritura consciente del lugar de su confesión y evidente en un implícito doble duelo por un tiempo y un espacio perdidos evocados desde el recuerdo en la ensimismada ciudad de Buenos Aires. No obstante, la evocación del pasado rebasa, como en la mejor tradición literaria, su inscripción magistral en la biblioteca sombría de la representación de la violencia y apela al poder desmitificador del humor y la risa. Culpa de los muertos encierra de esta manera las llaves del placer de la lectura.



Jorge Carlos Guerrero


Ilustración: “Danza macabra. La muerte con el cura y el soldado”

domingo, 31 de agosto de 2008

Las figuras antes del diluvio


El título del libro de Luis Manuel Pimentel, Figuras cromañonas (Mérida: Caminos de Altair/Mucuglifo, 2007), parece un juicio sumario. Esa combinación podría interpretarse como una sentencia sobre la poesía y su personal inclusión dentro del género. Visto así, el trabajo poético supondría una actividad casi antediluviana, compuesta por la doble carga de lo lírico y lo narrativo; en resumen, el equivalente verbal del arte rupestre, con sus destrezas y sus limitaciones. Sin embargo, esa lectura tendería a obviar la manera en que los textos del libro se sitúan en el punto intermedio entre la tradición y el cambio que en ella se vislumbra. El concepto de figura representa, justamente, ese espacio donde pasado y futuro se articulan. Unas líneas de la página 7 son claras:


De una figura se podría interpretar la Noción
De una figura se podría interpretar la Vida
De una figura se podría interpretar la Realidad
De una figura se podría interpretar la Ficción
(…)
De muchas figuras venimos y somos por los siglos de los siglos Figuras cromañonas



Allí leemos la manera en que se expande esa noción hasta que logra abarcarlo todo. Esa declaración cumple el papel de arte poética, expresa sin lugar a dudas el origen del libro y, a la vez, su lugar de llegada. La figura es, simultáneamente, mito de creación y utopía, señala el emplazamiento del arquetipo universal de la Poesía y su advenimiento en poemas singulares. Como el aleph de Borges, la figura contiene fragmentos entrevistos en la historia, el fugaz y rotundo asomo del presente y variadas adivinaciones. De allí que Pimentel recurra, con semejante indistinción, a complejos recursos.

En Figuras cromañonas, la escritura pasa con facilidad de lo sentimental a lo teórico y a lo descriptivo, con referencias a la lingüística y al surrealismo, por ejemplo. La confesión amorosa puede ser dulzona, como en “Sueños del 17” o en “QUIERO (del amor internacional)”, o puede estar sujeta a la reticencia desgarrada, como en “Después del divorcio”. Entre una expresión y otra, Pimentel apela a dicciones abstractas, cuya combinación desmiente el convencimiento de que el diccionario de la poesía se limita, de forma redundante, a términos “poéticos”. Más bien, la dignidad de todo vocabulario se revela aquí como una conformidad circunstancial, sincrónica, meramente pasajera. El título del décimo texto es significativo: “La electromagnética de la no-comprensión y la aplanadora”; también lo es el del vigésimo noveno: “Entrópicos”. Este último poema o figura sugiere la forma de un argumento académico, y se atreve a mezclar las definiciones de las ciencias naturales con las conjeturas de la metafísica. Allí pasamos de la certeza de los hechos al hipotético abismo de la Nada. En otros pasajes, Pimentel nos presenta la veracidad minimalista de la vida cotidiana y también la conmoción de alguien que observa, sin dramas, el paisaje. En todas esas instancias, el libro propone la conjunción del acatamiento a ciertos modos literarios y la continua previsión de la ruptura.

Hay una imagen que refuerza esa interpretación. En el noveno poema o ponueve, “Reflexiones frente al velón”, Pimentel escribe: “resurrección de Cristo/Saibaba es su espejo” (20). En ese enlace, a lo que asistimos es a la reconstitución de la imagen, al decreto de su inagotable continuidad. En términos semánticos, lo que hace Pimentel es repetir, sin deliberación, quizá, los procedimientos de la historiografía medieval. Para los Padres de la iglesia romana, la figura era, precisamente, la aparición temprana de Jesús en algunos personajes del Viejo Testamento; Adán era figura de Cristo. Esa lectura les permitía darle relevancia teológica a los primeros libros de la Biblia. En el texto de Pimentel la técnica se amplía, vemos allí que la conexión incluye figuras posteriores, como la de Sai Baba. En el plano textual, esa vinculación entre diversos tipos incluye procedimientos como la parodia y el homenaje, lo que nos permite decir que en Figuras cromañonas hay poemas que son resurrecciones de algún otro. El poventicinco se llama “Alegoría Nerudiana”. En esa parte del libro, la sensiblería de Neruda se convierte en una diatriba personal, la reconvención de la costumbre de fumar. Del original “Me gusta cuando callas/porque estás como ausente”, llegamos a “No me gusta cuando fumo/porque estoy como ausente” (47). La pareja original silencio-ausencia ha sido substituida por otra más pedestre, humo-ausencia. También ha desaparecido la amante que cumplía el rol de audiencia; de ella queda apenas una eventualidad: la voz dice, en relación con esa mujer, “si te viera”. En el espacio desocupado permanece el hombre solitario que se reclama un mal hábito. Como la amante perdida, la lírica de Neruda es una sombra marcada por las posibilidades que le toca cumplir en el texto nuevo; es, en conclusión, una figura.

Figuras cromañonas, de Luis Manuel Pimentel, se funda, pues, en la zona de espejos entre una literatura que no se abandona destruida y otra que es todavía una sospecha.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: “La danza”, Pablo Picasso

sábado, 30 de agosto de 2008

Rolando Gabrielli, Los poetas de Chile


La poesía chilena cuenta con su propio pasaporte en el idioma castellano desde el siglo XX en adelante. Si bien podría decirse que en poesía todo está casi escrito, un poema debe buscar y dar sus propias señales. Explicar un poema es como hablar del silencio, porque si es verdadero tiene más de una respuesta en sí mismo. Los poemas son para los lectores y nadie mejor que ellos pueden responder por el texto que tienen enfrente. Un libro se sostiene en el tiempo por las lecturas que de él hagan las personas que lo escogen. La palabra puede superarse en el tiempo a sí misma, pero nunca será igual a cuando fue escrita. Poesía podría ser lo que nunca antes se había escrito. Son tantas y ninguna las definiciones como poemas que aún no se han escrito. Me gusta la definición de Ezra Pound: poesía es el lenguaje cargado de sentido. ¿Qué motiva a escribir poemas a las personas que suelen llamarse poetas? Es una manera de observar e interpretar el mundo, a la gente, a lo que a uno le rodea, ve y toca, el silencio y la soledad. La palabra es una aventura en sí misma. El poema es un mapa. La textura del poema es la variante de la palabra en el lenguaje que adquiere definitivamente una forma y contenido inseparables. Un libro suele ser un conjunto de poemas más o menos armónicos en su temática. El poema es una búsqueda a partir de la página en blanco, y en un principio se constituye en una idea vaga que lentamente adquiere una forma real. El poema es el cuerpo a través del lenguaje que es su experiencia. Cuando ha cristalizado la idea, el poema ya no nos pertenece, adquiere vida propia. Un poema es un poema, tal vez, cuando al leerlo pareciera escrito por otro. Eso me dijo Jorge Teillier una primavera en Santiago.

Los poetas de Chile (Bogotá: Agua fresca, 2007) nació como un libro experimental, un juego, un homenaje a la poesía chilena y a algunos poetas conocidos con los que compartí la vida, el vino y la poesía, una época. En 2002 comencé a rayar los primeros borradores que intentaron interpretar la poesía y al hombre o mujer que había escrito una obra poética singular, significativa. El libro se desarrolló sin ninguna solemnidad, ni compromiso, humor, vinculación poética y todo lo personal, discrecional de mi propia visión. También es un ejercicio para ir ingresando a la “chilenidad”, si en verdad existiera, pero sobre todo a una época, una historia, una ciudad, un país, a quienes cruzaban la línea de la poesía, en un presente casi anónimo, convulso, idílico, absolutamente impredecible, que concluyó en lo predecible. La línea de fuego puso silencio a la poesía chilena por un largo tiempo dentro de Chile en 1973.

La poesía chilena cuenta con numerosas antologías, críticas personales, interesantes, espantosamente parciales, como ocurre en este género en muchos países, pero Los poetas de Chile no es una antología, no nace como una parcialidad fragmentaria de un todo, ni obedece a una canonización de poetas y poesía. El imán de toda búsqueda está en la orilla, la marginalidad del centro de las cosas, la hondura bajo la superficie, el río, el río que sólo fluye, de orilla en orilla.

Toda selección es arbitraria de por sí, y en Chile hay no pocos poetas originales, interesantes, meritorios, dueños de una retórica propia, cuyas obras se sostienen en cualquier antología, pero este libro no lo es, ni por principio, ni fin. Me motivó también un paseo lúdico por la apuesta en vida y obra de los poetas reseñados, pintados, coloreados en estas 96 páginas. Los poetas de Chile marcaron el territorio en castellano de la poética del siglo XX, dicho y repetido casi como un slogan, y fueron antecedentes de la novelística que se montó en el boom de la narrativa latinoamericana, según han afirmado Cortázar, Carlos Fuentes y García Márquez.

La poesía chilena, que nace de distintos y variados troncos, posee numerosas cabezas, cuerpos de alpinistas que no han cesado de escalar las montañas nevadas de la Cordillera de los Andes, o atravesar el océano Pacífico como buzos solitarios asfixiados, convertirse en ríos silentes, lagos, desiertos, y tan urbana como nosotros mismos, ciudadanos del Tercer Mundo y del siglo XXI, un cristal de acero inoxidable. De origen español (castellano), anglosajón y francés, alemán y de los inolvidables e imperdibles clásicos griegos, la poesía chilena busca su propio centro y se seguirá contaminando a sí misma, como todo lenguaje que aspira a ser verdadero, único, significar y comunicar.

Chile, una pobre capitanía al sur del Virreinato del Perú, país desértico, salino, marítimo, volcánico, de ricos y de productivos valles, con una geografía desmembrada y deslumbrante, lo primero que exportó fue su poesía, más que los vinos, y fue reconocido durante años por sus dos poetas laureados con el Nobel: Mistral y Neruda. No es una frase chauvinista, sino real. Después del 11 de septiembre de 1973, Chile exportó, deportó poetas. Hoy algunos viven aún en Estados Unidos, México, Francia, Canadá, Suecia, Australia, Argentina, Panamá, entre otros lugares, donde vuelve a renacer una y otra vez la poesía.

Treinta y seis poetas integran la primera parte del libro, con su sal y pimienta, pequeña historia, reflejo de su poesía, su tránsito por Chile, de alguna manera. Son poetas jugados en la palabra. La poesía es una obsesión dentro de la escritura y eso lo vi y viví, conversando con Lihn, Millán, Parra. La poesía se hace todos los días, no hay poeta de ocasión ni dominical. Es esencial el humor, la ironía en el retrato de cada uno de los poetas, porque se trata de ingredientes con tradición en la vida cotidiana de Chile y de sus propios poetas.

Bajo el título “Vienen a robar el fuego”, dedicado a los que vienen llegando a la mesa de la poesía con sus manos untadas de espanto/pájaros/sueños locos/insomnes en la página en blanco. “Los días personales” forman un tercer capítulo de esta historia poética, con un extenso poema donde el autor se ubica y relata los acontecimientos después del 11 de septiembre de 1973. Los que se van, el que se queda: la primavera se acerca para ser degollada. Sigue la historia su curso en el zigzag volátil y sangriento de aquellos días, y el poeta se pregunta: ¿La memoria del silencio es eterna? “Epitafio” es el siguiente paso de un carrusel cuyo trasfondo es la poesía de Chile, los días en que la República se fue barranco abajo, pero también un reconocimiento a poetas míticos desaparecidos prematuramente y que si bien forman parte del gran abanico y panorama de la poesía chilena, pudieron ser protagonistas que habrían enriquecido aun más la lírica nacional y del habla castellana. La poesía puso sus muertos antes y después de los tiempos. El “Corolario” de este viaje, reafirma que Los poetas de Chile nacen bajo las piedras en el siglo XX y retoma a los grandes volcanes, pero también fueron magos de pueblo chico/duendes de baquelita/adanes tal vez/porque desnudaron la palabra. Artesanos/fueron quizás/simples organilleros/con sus bombos/y platillos provincianos. El país ya había sido fundado por La Araucana.

El “Epílogo” que ocupa un lugar antes del fin de este libro, es un homenaje al editor argentino Armando Menedín, por esa maravillosa colección de poetas El viento en la llama, que dejó como legado a la poesía chilena, fin del mundo, donde vino a arrastrar su propio poncho la palabra. “Post Chile”, esa sección del poemario se inicia con un poema intitulado “Pregúntale al polvo”. No me crean/no me crean el Tata está vivo, así inicia ese bautismal, fantasmal, infernal poema sobre el “inmortal”, innombrable personaje que fracturó hasta el día de hoy la sociedad chilena. “Santiago del Nuevo Extremo” forma parte de este capítulo, pero sobre todo de la fundación de nuestros primeros pasos. La ciudad fue techo, sueño, santo y seña de la realidad. No más allá de la montaña, no más acá de uno mismo. “Santiago no existe. Es una historia muy larga atravesada en el sur. Un río mendigo y la montaña que hace marco del paisaje. Todo lo demás fue un tiempo para el miedo...”. Se suceden cinco viñetas sobre Chile, Santiago, Neruda y Pinochet, todas en cien palabras, un gesto de la memoria. “En defensa de la poesía” es el título de un poema de una sección que preside una serie de homenajes a poetas chilenos. Flama o flauta, los ratones hacen fiesta, con las palabras de la tribu. Los homenajes tienen todo lo de personal que deben tener, y estos poemas no son una excepción, ni pretenden serlo. Homenajes referidos también a la poesía. Hágase el verso y la luz se hizo, Parra no deja descansar/a los dioses en su Olimpo. Sobre sus cenizas se construirá la nueva poesía. El poema respira libre/el aire/que la página en blanco/le concede/al lector. El gusano de la poesía sigue tejiendo el poema. Finalmente, el libro se cierra con “El lado oscuro”. Poesía, poesía y Los poetas de Chile concluyen con el poema “Mi historia”, de quien escribió el libro.

Las solapas muchas veces hablan. La de la izquierda, subraya que Los poetas de Chile “es un libro sin entrada, ni salida”. La solapa derecha aclara que es un pulso con las lecturas pasadas y futuras, Santiago, los días personales, con los que no conoce el poeta y vienen. La poesía es lo que llevamos puesto, un cuerpo contaminado.



Rolando Gabrielli

Ilustración: “Barrio Concha y Toro”, Humberto Albornoz

miércoles, 27 de agosto de 2008

Un niño creciendo en Sudáfrica: Infancia, de J. M. Coetzee


Conocer y entender un país desde su literatura tal vez sea una pretensión desmedida, sin embargo uno puede acercarse a un país, a su cultura, a su historia desde los discursos literarios que desde éstos se pronuncian. De Sudáfrica sé muy pocas cosas, sé que está muy lejos de mi casa, sé que Nelson Mandela nació en esas tierras, sé que han existido políticas oficiales de segregación racial llamadas “Apartheid”, sé que las cosas no han sido fáciles para los sudafricanos: guerras, injusticias, discriminación, en fin, el lugar común del mundo casi entero; pero también sé que tienen a J. M. Coetzee entre sus escritores nacionales: sin duda un escritor que a cualquier país le gustaría tener entre sus ciudadanos. En su novela Infancia (Barcelona: DeBols!llo, 2004), Coetzee nos narra en tercera persona el mundo visto desde los ojos de un niño blanco que va creciendo entre Ciudad del Cabo y Worcester. Su relación de amor-odio con la madre, la apatía y cierta indolencia afectiva hacia el padre y la familia de éste, la vida en el campo, la escuela y las diferencias de mundos que se tropiezan en ella; las acentuadas disimilitudes étnicas, sociales, culturales, religiosas y lingüísticas existentes en una misma escuela, dentro de una misma ciudad, en la extensión de un país de una complejidad étnica explosiva: “Hay gente blanca y gente de color y nativos; estos últimos son los más bajos y ridiculizados. El paralelismo con el cuento salta a la vista: los nativos son el tercer hermano” (77).

Con la conducción de un hilo narrativo sencillo pero bien forjado, con imágenes puntuales sin los peligrosos excesos nostálgicos a los que puede conducir este tipo de temática de la memoria, Coetzee va armando su novela y construyendo, desde la distancia, la vida de John, el niño de origen afrikaner pero de costumbres inglesas que de Ciudad del Cabo se muda junto a sus padres y hermano menor a Worcester:

Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombres de árboles, aunque todavía no hay árboles (7).

Una vez que uno, lector, entra a esas calles con nombres de árboles, pero sin árboles, sigue adentrándose en la ciudad, en la casa y a la vida de esta familia, siguiendo muy de cerca los pasos del pequeño, tratando de llevarle la marcha en bicicleta, sintiendo el frío del invierno entre sus manos y el manubrio, viendo a través de sus ojos a los niños de color, los nativos pobres y descalzos, los afrikaners; tratando de entender junto a él sus usos lingüísticos:

Aun así el lenguaje de los chicos afrikaners es soez a más no poder. Dominan una variedad de tacos muy superior a la suya, relacionados con fok (follar) y con piel (polla) y con poes (coño), palabras que le turban por su contundencia monosilábica. ¿Cómo se escriben? Hasta que no sepa escribirlas no tendrá forma de fijarlas en la memoria. ¿Fok se escribe con "v", lo que haría de ella una palabra más respetable, o con "f", lo que la convertiría en una palabra salvaje de verdad, primaria, sin ancestros? (68)

Coetzee hace referencias constantes a los usos del lenguaje, hecho entendible por dos razones: Coetzee es lingüista y está “enunciando” desde la vasta pluralidad lingüística sudafricana. John, el niño de ascendencia afrikaner (descendientes de los colonos holandeses y germanos que poblaron Sudáfrica en el siglo XVII), pero con crianza y lengua inglesa, vive en un mundo polifónico que a veces no entiende y al que llega a rechazar y detestar:

(…) siempre se habla inglés en casa, y por siempre el primero en inglés en el colegio, se ve a sí mismo como un inglés. Aunque su apellido es afrikaner, aunque su padre es más afrikaner que inglés, aunque él mismo hable afrikaans sin acento inglés, nunca podría pasar por afrikaner (145).

John es un personaje complejo, contradictorio. Curioso y cruel; tirano y débil. Pasa de sentir misericordia por la paliza con que han castigado a un niño negro a sentir desprecio por los afrikaners de pies descalzos y pantalones cortos que estudian en su escuela. Acerca de él se refiere el autor cuando dice: “Él tiene un corazón viejo, oscuro y endurecido” (143). Detrás de John está Sudáfrica, la impronta colonial europea en suelo africano, los remedos de la guerra cosidos con el hilo de las experiencias del padre, los descalabros raciales, la precocidad ambigua y sexual del niño que crece entre las diferencias de blancos, negros, afrikaners; protestantes, católicos y judíos. Detrás de John está Sudáfrica que, aunque tan lejana, se nos hace cercana en sus adversidades e injusticias, en un mundo donde ningún lugar está exento de su toque de miseria.


Carolina Lozada
Ilustración: "Rue Mouffetard", Henri Cartier-Bresson

La poesía y su doble


Parece inevitable repasar Verbos predadores (Caracas: Equinoccio/Universidad Simón Bolívar, 2007) como un ejercicio de reversiones y avances. En este contexto, la palabra ejercicio no tiene que ver con una deseada destreza sino con la pura fluctuación: lo que a Jacqueline Goldberg le interesa es el itinerario—el complejo mapamundi y sus imprecisiones—y no el mero cumplimiento ni el cierre. Leer las declaraciones de la autora al comienzo del libro supone enfrentarse solamente a una posibilidad: “porque defiendo la poesía como proceso, como mirada que sólo desde el presente es capaz de descifrar su voz pasada, es que presento mis libros partiendo del más reciente—hasta ahora inédito, culminado en 2006 y que da título a este volumen—hasta llegar al inicial, editado en 1986” (14). Ese recorrido es unívoco y quizá inconveniente, porque se fundamenta en una ecuación parcializada: la poética como glosa autobiográfica. Esa elucidación retrospectiva tiene, sin embargo, una ventaja: demuestra que en toda época lo personal es inestable. Acatar el proceso que Jacqueline Goldberg propone implica, por eso, una primeriza conmoción; al trastocar el orden de presentación de sus libros, por la razón que sea, ya se nos dice que la cronología no es un valor absoluto, que la genealogía puede ser admitida únicamente como tesis movible. A partir de tal aceptación, no es una destemplanza indicar que Verbos predadores de hecho reivindica el procedimiento que se llamó bustrófedon—un régimen que continuamente apela al intercambio de la portada y del colofón; en fin, lo transitado.

En ese proyecto de lectura, un imaginario punto medio vale tanto como cualquier cota. De los trece libros de poesía de Jacqueline Goldberg, Trastienda (1991) es el número siete; de los veinticinco poemas de esa obra, éste es el número trece:

LLEGO SEDIENTA
buscando algo triste

un bolero
quizá
(247)

La superstición numerológica es menos importante aquí que la gramática. A diferencia de otros textos, en esas líneas la brevedad no es omisión. En los primeros libros de Goldberg, en muchas ocasiones se puede sentir que aquello que parece contención resulta, más bien, escamoteo: lo ausente no es en verdad una sospecha del universo confuso e inagotable, sino la profesión de una literatura retraída. En las líneas citadas hay una narrativa: se logran adivinar el desamor y la dubitación sin necesidad de enfrentar los pormenores de una historia. Hay, además, una simetría en las estrofas y una confrontación de contenidos: al inicio, la seguridad del deseo y la aflicción; después, el titubeo ante el remedio. En el adverbio final se reúne un principio de escritura.

Lo que se pueda revisar a partir de ese hito, en cualquier dirección, a lo mejor confirma algunas intuiciones. En Luba (1988), la trayectoria de una migración se declara incompleta; como su abuela, Goldberg es una extraña cuya herencia ha sido truncada. En fragmentos simultáneamente vitales y verbales se llega a descubrir lo que se es, con toda su carga de sombra y de miedo. En La salud (2002), la parcialidad es orgánica: el cuerpo es una máquina imperfecta, desechable, punible; su descomposición es la mejor señal de una poética que se resiste a la simple eficacia o a la belleza simple. En Máscaras de familia (1991), el futuro es la reiteración de la necedad y el desconsuelo, y el pasado, un simulacro absurdo; el instante en la justa mitad es un estadio crítico, la utopía conformada por la parodia de la ilusión y la nostalgia. Lo que hubo antes se configura como una leyenda indiferente, lo que sucederá puede ser una venganza personal—la materia propia tomando el lugar del mito fundador. Así se define en la obra de Goldberg la depredación.

En libros como Autopsia y Verbos predadores, ambos de 2006, el cuerpo y su fragilidad son el origen de “las resonancias y los balbuceos”. La expresión es de Artaud: con ella compendia algunos elementos que ha de rastrear el teatro en tanto que espectáculo de una tentación. La voluntad de Jacqueline Goldberg no es distinta en las páginas de esos poemarios. La anatomía y el texto son para ella la escena de la peste: “De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas” (21). En diversos poemas de título parejo, “Poética”, lo que leemos es justamente el recuento de cierta crueldad sufrida o propiciada: la ferocidad del exilio y la orfandad, del abatimiento y el repudio, del efímero poema. Esas líneas hacen más evidente la abundancia de todos los tanteos, con su carácter de trabajo a la vez revelado y pendiente. Lo que define esos libros es, pues, el doble signo de cuerpo y poesía—de corrupción y de sublimidad. Como buena ilustración, las páginas de Autopsia saben combinar la nota periodística y el Viejo Testamento. La impureza propugnada por la sabiduría antigua es resarcida por eventos más recientes: en una parte leemos la historia de la mujer que convivió por varios días con el cadáver de su hermano. En esa avenencia se puede abreviar la tentación, aceptada, de la labor de Goldberg.

Creo que la profundidad de Verbos predadores, tanto el volumen individual como la colección de libros, consiste en esa apología de la vacilación literaria y somática. De algún modo, en su espacio se le restituye a la ruina su objeto formativo, su impulso de negativa energía constructora: “Toda destrucción es conmovedora, incluso aquella que dormita en los árboles y devasta la honrosa estación de los relámpagos”, constatamos en un aparte de El orden de las ramas (110). Lo que emerge de allí es, contradictoriamente, tal vez, el vigor de la propia defección. Lo que Jacqueline Goldberg pueda haber abandonado se convierte en sistema: un plano acucioso de lo que retorna. Si leemos de tapa a contratapa, si empezamos del centro y nos quedamos, si revertimos cualquier plan elegido, cada vez nos topamos con el oxímoron de la poesía que al desaparecer se queda al descubierto—“un rumor lengua adentro” (55). Por varios años ya, Jacqueline Goldberg ha señalado “el verdor del aniquilamiento”, la fecundidad de todo cataclismo, aun el suyo: he allí su dignidad.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: "Camerata roja", Jacobo Borges

martes, 26 de agosto de 2008

Un acercamiento a Homenaje a la ceniza, de Joan Bernal Brenes


Hace más de un año, desde que leí Homenaje a la ceniza (San José: Perro Azul, 2006) de un poeta del que hasta ahora nadie ha dicho nada, me carcomía el deseo por escribir una nota, una reseña, una crítica. Algo, para mostrar la calidad de su poesía. Sin embargo, me detuve, pues en esas fechas surgió el tema de la polémica alrededor de la antología Sostener la palabra. Entonces, pensé, a lo mejor no le hago un favor a Joan, y más bien logro que caiga una maldición sobre su obra. En la de menos hasta lo acusan de “trascendentalista”.

Así las cosas, pensé en la posibilidad de contactarlo y comentarle que me interesaba escribir sobre su libro. Pasó el tiempo y pareciera que no es fácil de localizar, entonces desistí de consultarlo y hoy decidí darme a la tarea de dedicarle unas palabras a un libro de poesía destacado como pocos (por no decir ninguno). En 1996, Joan Bernal Brenes publicó su primer libro, Pre-monición, en aquellas ediciones del Taller Literario de Francisco Zúñiga. Aquel era un libro escrito en prosa, con una capacidad evocadora y de imágenes de gran fuerza. Se veía el caudal poético que tenía este escritor. No volví a saber de él, hasta diez años después, cuando me encuentro con el excelente libro que aquí reseño.

Homenaje a la ceniza es, entonces, el segundo poemario de Joan. Con unas 130 páginas, casi el centenar de poemas, distribuidos en cinco partes, nos encontramos ante algo que, a falta de inspiración, de un mejor adjetivo o lo que sea, es poesía auténtica. ¿Qué significa decir que algo es auténtico? En un texto de Juan Murillo, sobre una posible antipoesía costarricense, se trazan las líneas o las características de ciertas tendencias de los últimos años en la poesía escrita en el Valle Central. Y en el ensayo se menciona a Joan Bernal, el cual considero calza perfectamente con lo ahí expresado, pero aún más, lo supera con creces, y anuncia otras cosas. Si nos apegamos a esta idea de la antipoesía, y si tomamos en cuenta los prólogos, comentarios o críticas hechos a libros de diversos autores que parecieran compartir algunas de estas perspectivas, en todos se afirma que “es poesía de ruptura”, “transgresora”, “en contra de lo socialmente establecido”, y así por el estilo, lo cual no deja de resultar curioso, porque la poesía, per se, es transgresora, es decir, revolucionaria. Es como decir que los poetas escriben poesía: una redundancia tautológica (para caer en el juego). Si todo ello es así, la duda que surge es: si todos estos poetas son transgresores, ¿cuáles no lo son? Si todos están en contra de lo socialmente establecido, ¿no están entonces todos de acuerdo? ¿No se trata de una mera inversión del orden? ¿No se han convertido en la norma?

Y seguimos. Se habla de estos poetas como adalides de una nueva cultura y de una nueva sociedad, capaces de reflejar el descontento general con una estética llana, sencilla, directa y clara (punk, post punk, goth, suburbana, marginal, etc.). Puede ser, puede ser. Es aquí donde la poesía de Bernal Brenes surge como una verdadera poesía auténtica. En ella la voz del descontento, del desencanto, de la ruptura y de la transgresión no son pose, no son producto de las últimas consecuencias del vanguardismo de la burguesía, no son efecto de la moda, no intentan provocar por provocar, de forma ingenua. Es poesía que huele, más bien, hiede dolor, desgarramiento interno y externo. Es fuerte, agresiva, demoledora en muchos aspectos.

Probablemente, Joan Bernal acumuló demasiados poemas en diez años, y finalmente, ante las dificultades editoriales, los editó en un solo volumen, lo cual le resta, lastimosamente, calidad al conjunto. Pero en estos versos, sigue jugando con la prosa, da un rodeo alrededor de la puntuación. La ironía y la nostalgia, dos características de esa llamada antipoesía, se nos aparecen transfiguradas, y demuestran lo que usualmente es mera decoración: el vacío existencial y el dolor de la pérdida en toda su dimensión. Además, el yo lírico que brota de estas páginas (de condenado, para hacer eco de Rimbaud) se autoflagela, que es mucho más de lo que hacen esos falsos “mártires ciber punk” de nuestra era. Se autoflagela sin compasión: la primera parte se llama, precisamente, “A pan y agua”. En uno de los versos dice: “soy nuevo en el oficio de quererme”. ¿Qué mayor confesión? ¿Qué otro golpe para los libros de autoayuda? Esto sí es crítica de nuestra sociedad y de nuestro tiempo.

yo sé que el expresarse
cuesta hasta el martirio
y si es posible soy un mártir desclavado
y soy el que mendiga un labio cada día


En otro poema, plantea:

Resumo:
en el trabajo
me acostumbré a ser otro
en frente del espejo
solo me veo yo


¿No es acaso esto una muestra que desnuda la verdadera existencia de todas las personas? ¿No es acaso esto mejor que cualquier metafísica?La segunda sección del libro se titula “Luz de aquí”, y en ella asistimos a una cátedra de teología:

Te amo
con conciencia hipócrita
y me atengo
a que me ames bien
Indómito y sincero

En otro poema:

Concédeme Señor esta traición al mundo:
llevar-lleno de mí- la cruz hasta las últimas
y que ningún mortal me ayude en el camino
no quiero que me apartes un solo rato el cáliz

A veces, tanta inmolación realmente llega a doler. El yo lírico acepta un destino de sufrimiento, sabe que es la única manera de alcanzar la cima (¿cuál?). Pero no se crea que se trata de un poeta místico o “pandereta”, pues llega hasta las máximas irreverencias, no contra el presidente, que es muy fácil, sino contra el fundamento espiritual de todo Occidente. Realmente derrumba los templos, aunque en el fondo construya otros. No podía ser de otra manera.

Las secciones tercera, cuarta y quinta se titulan, respectivamente: “Corta reflexión sobre la flor y el hueco”, “Así piensa el solitario (Nietszche)” y “Diccionario auxiliar del desencanto”. En la tercera, aflora el matiz más sarcástico, en la cuarta el más filosófico y en la quinta el metaliterario. Esta quinta, a pesar de tan fabuloso título, es quizá la única parte realmente floja del poemario, pero luego de la avalancha a la que hemos sido expuestos, se puede realmente aceptar como un remanso de tranquilidad.

La edición, como todas las de Perro Azul, es agradable y cuidada en ciertos detalles gráficos, pero como he afirmado en otros momentos, es una pena que no haya cuidado editorial, pues son frecuentes los errores tipográficos. Del mismo modo, un trabajo editorial serio habría aconsejado al poeta, quien como ya dije prescinde muchas veces de puntuación, a vigilar mejor los momentos adecuados para ello, pues a veces se comprende la falta de signos, pero en otras, parecieran simplemente gazapos en el trabajo con los originales. Asimismo, es de reprochar a la editorial el nulo apoyo o exposición que le dio al libro, con mucho, uno de los mejores, sino el mejor, que haya publicado esta casa editorial privada (que no independiente, eso es otra cosa).

Joan Bernal Brenes, de quien no tengo mayores noticias, a lo mejor está perpetrando nuevos textos, con los cuales asombrar, y realmente transgredir el apacible y cómodo clima poético de los últimos años, que por más que haya crecido, le falta aún el azote y la crítica: para hacerlo existir primero, y para hacerlo madurar después. Queda hecha la recomendación: Homenaje a la ceniza puede que defraude a muchos, quienes esperarían encontrar en él los consabidos chistes de la cultura pop de los últimos 15 años. No. Homenaje a la ceniza no hace concesiones a nada ni a nadie (o a casi nadie): es una aplanadora verbal, lírica o cualquier otra imagen que se les pueda ocurrir. Es una apuesta total, un salto al vacío. Es verdadera poesía de ruptura.

Dejo para el final una bellísima adaptación de la forma soneto, para demostrar que ser “moderno” y jugar con la puntuación, no tiene por qué acusar ignorancia. Uno de los pocos poemas con título:

¿Eva flor?

Mi amor así tan solapado
tan de Ana y mío y de nosotros
vengo enamorado de tus manos
Ana y de quererte con sentido
contra el temporal y las campanas
tuyo estoy de ti para tu vida
Ana con bandera Ana sentada
Ana desde mí hacia tu boca
rige claridad Ana a ti misma
esta palidez que llevo a cuestas
brazo que sorprende por su luto
tengo el brazo muerto desde el codo
y Ana me sorprendes por secreta
y Ana por secreta está desnuda

Poesía “moderna”, “actual”; y sin embargo no es sorda, tiene ritmo y musicalidad, como lo tienen muchos poemas del libro. Quizá esto haya pasado desapercibido a quienes lo hayan leído. Quizá esto es un guiño para quienes sí tomamos en cuenta “detalles trasnochados y superfluos” de la estética. Porque Bernal Brenes sí ha tenido que hacer concesiones a la antipoesía, pero son precisamente tales concesiones las que le restan mérito a algunos de los textos. Pero en el fondo se observa un poeta absolutamente original, con la capacidad de crear el mundo de nuevo, o al menos transfigurarlo en el fuego sagrado de las músicas antiguas. Probablemente él mismo firmaría el poema de Nietszche “Nur narr, nur dichter” (“Solo bufón, solo poeta”). Pero también mártir, esclavo, proxeneta, sacerdote, payaso, gurú tragafuego y trashumante, futbolista frustrado, y sobre todo, redentor del verbo, de una palabra ya lejana, ahora rediviva.


Gustavo Solórzano Alfaro

La Azucena Victrola y los mundos oníricos de Stephen Marsh Planchart


La azucena victrola (Mérida: Mucuglifo, 2001) se presenta como una poesía del ensueño, de lo ideal, de lo espectral, la contundencia de las metáforas cargadas en sucesiones imaginativas que van pasando de forma creativa a la traducción del espíritu de Marsh Planchart. Esa visión de ver a la naturaleza como la protectora e indicadora del universo que lo rodea es uno de los puntos que más llama la atención. El uso de lenguaje que va desde la estructura simple, y de pronto nos topamos con versos de un alto estilo poético; a veces logrando retóricas que van desde lo ambiguo y que terminan inmiscuyéndonos en la representación de lo que percibe, de la pureza del ser original, de la mirada limpia.

Declararse amante, amigo, viento, pájaro, árbol, río, noche, luz, mirada, es una seña que recalca en algunas de las 39 páginas en el que consta este poemario. Lo sutil, lo sublime, eso que a veces nos deja inquieto cuando la energía de la montaña nos trasporta a espacios interestelares, allí el poeta es capaz de llevarnos hasta el Altísimo. Con una profunda fe, las creaciones de Stephen Marsh Planchart, van desde la memoria campestre, colándose por la memoria ancestral, hasta llegar a la memoria actual de este tiempo pausado y de pronto se vuelve azaroso. Recaen imágenes a su estilo agreste cuando nos dice: "hablo siempre a las aguas/a estas sordas por su canto/." Con este ejemplo podemos ir más allá de esa claridad poética, de las aguas que nos dicen sus designios pero a veces nos hacemos los sordos, percepciones que se tecnifican entre una guitarra, la música que es capaz de hacer, y la imagen con la llega a entretenerse: el río.

Aparecen triángulos que dialogan con el propósito de hacer poesía, canción y expresión al mismo tiempo. Garganta o voz, como mejor les parezca, hace del poeta formas armónicas y temporales en llenar los espacios escrituales con flores silvestres; en agua de manantial, en caminos y encrucijadas con clara salida, allí al final del túnel donde a veces nos invita, donde el sentimiento se hace carne y debe ser sacado de una liberación que abarrota la garganta; nos invita a pasajes que vuelan a la altura del águila y que tan bien observa, desde esa espacio, preciso e impreciso, la montaña donde podemos aterrizar.

Lluvia y pájaros se encuentran detrás de ese túnel, rodeados de verdes y necesidad de un arraigarse a algo y es La Mano Poderosa quien tendió su mejor árbol para atraparlo. La Azucena Victrola se cose dentro de la poesía venezolana bucólica, cargada de un sentimiento tímido y apaciguado, parece de pronto convertirse en traductor poético del sitio donde duerme.


Luis Manuel Pimentel

Ilustración: “Albaricoque japonés 3 – Un sueño rosa”, Chiho Aoshima

El bululú de las ninfas, José Pulido


Cuando el viejo Epicuro de Samos dialogaba con el placer en las atontadas calles de Atenas acerca de su clasificación de los apetitos, Naiguatá era un uveral quieto y húmedo. A lo mejor en aquella playa solitaria desde siempre hubo un rumor de hembra encendida, de tambores que relampagueaban rituales de incorporación y de sacudimiento. El bululú de las Ninfas (Caracas: Alfa, 2007) es una obra mayor de la literatura venezolana, pero su mayorazgo no es obra del despliegue de pericia sociológica para adentrarse en las profundísimas aguas de la idiosincrasia nacional, que aunque bien lo hace no es precisamente ese el mayor aporte de esta singular (qué palabrita) obra. Tampoco es una obra mayor por particularizar una simbología de esa anarquía caribeña que tanto nos caracteriza como pueblo, aunque también dicha particularización se da. Más bien es una novela para el deleite de los estetas de la palabra, es una obra para la fruición léxica y el deleite silábico. En ella los recorridos de la palabra son un torrente de lo corpóreo y de las sensaciones del almizcle salitroso del que están hechas las emociones. Esta novela clitoriana y estrambótica pareciera ser la constatación de una voluptas léxica que se nos deshace en la boca de lectores. Definitivamente la fruición con que nos incita a leerla, hace de esta obra un banquete. Cierta intrepidez costumbrista con la que ha sido escrita El bululú de las Ninfas la convierten en una fábula del Caribe, con un sabroso irrespeto por las canónicas formas de hacer narrativa en Venezuela.

Esta novela del veterano periodista José Pulido está hecha con una vehemencia artesanal que conmueve por la sola presencia de nuestro más remoto y entrañable imaginario léxico de la infancia. Nada nos es más caro al leerla que la inusitada sensualidad dual que se desborda de la fiesta de corpus christi pero que también se escabulle de esa prosa rochelera que nos muestra Pulido. El pueblo de Naiguatá representa el concierto del placer y el dolor, representa el encuentro casual del florecimiento de la belleza femenina que explota en sensualidad y de la apocalíptica podredumbre que exorciza las culpas colectivas del pueblo. En El bululú de las Ninfas el discurso se amaña, se vuelve un cómplice demasiado fantasioso, demasiado lúdico.

El bululú de las Ninfas es una novela-bitácora donde se construye un imaginario Caribe. Pudiéramos decir con cierta faramallería intelectual que esta novela irrumpe, con su pendencia Caribe, en el lector como queriéndoselo comer. Nada hay más ajeno a estas páginas que la mesura. Ni siquiera cierto detective alemán, que investiga el crimen de una viuda y que ha viajado desde tierras teutonas, logra escapar de esa vorágine costeña. En esta obra la sandunga lingüística hace de las suyas, un sabroseo inquietante abordará a los lectores desde el inicio mismo hasta la última línea. Un ejemplo:

“El sofisticado”

Hubo una época en que Bubute, después de ver una película sobre Casanova, se dedicó a imitar al personaje con gran ilusión. Trataba de moverse como entre fiestas y castillos, entre palacios y recovecos femeninos. Saludaba con inclinaciones de cabeza y pedía perdón por cualquier cosa. Ese fue el mejor intento de todos los que ha emprendido en su afán de enamorar a Antonia, a juició de Anaconda y Yuleisis. Se alisó los chicharrones de la cabeza y se dejó un bigote delgadito que lo transfiguraba en bailarín de tango. Tenía algunas salidas geniales, era caballeroso y delicado. Dicen que en esos días ni siquiera se le conoció eructo o se le escuchó pronunciando sus obscenidades predilectas. Ensayó gestos nobles, no exentos de gracia. Hasta que comenzó a mencionar las cosas, los oficios y los oficiantes con nombres que desataban la burla de propios y extraños. Le decía mondadientes a los palillos, aguas perfumadas a las colonias y otras esencias. Llamaba mozos a los mesoneros y taberneros a los dueños de bares y botiquines. Como Antonia tampoco cedió esta vez ante el cambio sufrido por su enamorado, Bubute fue dejando de lado el perfil de Casanova, no sin antes generar controversias, porque la retirada la efectuó lanzando teorías que causaron resquemor en el seno de la sociedad.

Con esta fábula diletante se inicia uno de los apartes más deliciosos de esta macrofábula. Como Bubute muchos de estos personajes están hechos de palabras, en un sentido literal. Así como Bubute, Antonia, Bernardito y hasta el propio Hans son un temperamento léxico vibrando de discurso. Cada uno de ellos se transfigura en figura lúdica que se entrompa con ese placer que en el Caribe llamamos gozadera, pero también estos personajes se transfiguran en soliloquios nostálgicos, una suerte de carrucha infantil en donde se dan colita el desparpajo y la modorra, la lujuria y la fe. Cuidado lector, no te olvides de “comprar tu botella de lujo, por supuesto anís cartujo” (parafraseada de la canción el “motorizado” de Vagos y Maleantes), recuerda que El bululú de las Ninfas es la impronta de los duendes traviesos del Caribe. Con esta novela seguramente nacerá una generación de sommeliers que paladearán de gusto los matices léxicos que se desprenden del bululú de palabras de esta fábula de la sabrosura.


José Alejandro Moreno Guevara

jueves, 21 de agosto de 2008

"El dolor tiene un elemento en blanco"


La Antología de la poesía norteamericana reunida por Ernesto Cardenal (Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana, 2007), parece demostrar que esos compendios son más propiamente conjeturas que irrevocables sentencias. Publicada por primera vez en Madrid en 1963, esta selección tiene la profusa certidumbre de los traductores—José Coronel Urtecho y el propio Cardenal—y no forzosamente la sanción de un sistema. Tal vez esa constatación sea innecesaria, pero si nos guiamos por el redundante señalamiento de omisiones y padrinazgos que acompaña la edición de toda antología, la aclaración puede resultar menos sobrante. Hay quien aún piensa que un amontonamiento de nombres y poemas es un acto de justicia pública, la secuela del natural y previsible arreglo de un canon literario. Ese dogma se basa en una verdad parcial: las antologías son, ciertamente, el predicado de una firma de alguna relevancia, de alguien que cuenta con la certificación de una audiencia, pero esa autoridad no forma el organigrama completo de una literatura—en perpetuos reacomodos y ajustes. Este volumen es, como toda antología, un ensayo, un sondeo de lectura. Los autores que propone no tienen por qué coincidir con los que Jay Parini, por ejemplo, reúne en The Columbia Anthology of American Poetry (1995), que se inicia con los textos de Anne Bradstreet (1612-1672); por su parte, Cardenal incluye, justamente, canciones aborígenes estadounidenses (excluidas del libro de Parini), aunque salta de allí a Poe, y a su vez prescinde de Bradstreet, Phillis Wheatly, Emerson, Longfellow y Thoreau, para nombrar algunos. Esa diferencia es la medida de un gusto y una deliberación.

Al comienzo del prólogo, Cardenal establece los criterios de la obra: la excelencia y la representatividad. La primera supone, de antemano, la calidad de la poesía de Estados Unidos, que alguna vez Cardenal llegó a considerar superior a la poesía latinoamericana. El índice de esta colección reitera todo elogio posible: no faltan los apellidos de Whitman y Dickinson, los de Eliot, Moore, Bishop y Stevens, los de Levertov, Ashbery y Snyder. No siempre la elección de los poemas me resulta acertada, especialmente en relación con los poetas más recientes; quizá me deje afectar por otros repertorios, más puestos al día o a lo mejor más tímidos y repetitivos. Por eso creo que “La gasolinera”, de Elizabeth Bishop, escamotea mayores títulos suyos, como “Asuntos de viaje” o “Pequeño ejercicio”. Sin embargo, esas substituciones no son determinantes. Las treinta páginas dedicadas a Eliot sí contienen “Los hombres huecos”, “El canto de amor de J. Alfred Prufrock” y hasta “East Coker”, la segunda sección de Cuatro cuartetos. De Ezra Pound se traducen incluso algunos Cantos, lo que revela, sin duda, un esfuerzo tremendo y una enorme constancia. ¿Cómo justificar, entonces, la ausencia de los poemas de Poe? Cardenal los declara “intraducibles”, adjetivo suficientemente desmentido por Pérez Bonalde y otros. En su lugar se emplazan unos textos en prosa cortados como versos. Ya en 1937, Borges había censurado, en El Hogar, una arbitrariedad afín cometida por W. B. Yeats con unas líneas de Walter Pater en The Oxford Book of Modern Verse; setenta años después, esa duplicación parece aun más inaceptable. La antología de Cardenal muestra que de hecho los apremios del ritmo y de la rima no son insalvables. Me atrevo a decir que las mejores traducciones de este tomo son las de algunos poemas de Robert Frost—estructuras más acostumbradas y de métrica impecable. Eso hace más misterioso o frívolo el argumento de la intraducibilidad de "El cuervo" o "Annabel Lee".

La tesis de la representatividad es bastante imprecisa. Apelar a ella implica creer que hay esencias nacionales, en este caso fácilmente revisables en “los poemas más americanos por así decirlo” (X). En esa declaración hay una ingenuidad incontenida. La ciudadanía de una obra literaria no depende de un correlato lexical o temático. Las deudas de John Ashbery con la literatura francesa no conspiran contra su pasaporte; la ecología de Gary Snyder tiene que ver al mismo tiempo con la figura de Thoreau y con el budismo zen. Esa complejidad, reducida por Cardenal a la fórmula de una verdad absoluta, es evidente en las seiscientas y tantas páginas de esta compilación. Lo que la Antología de la poesía norteamericana propone es más la geografía de una variada y persistente grandeza que la simple unidad de unos instintos.

El grosor del libro es admirable. Lo que se redime aquí no es sólo la acumulación de versos y proyectos, sino el repaso imperioso de una literatura en otra lengua. Ochenta y un autores documentan la eficacia del tanteo crítico de Cardenal y Coronel Urtecho. Pocas antologías son tan expansivas como ésta; su alcance puede convertirla en el foco de algún estante de poesía norteamericana en español. Ella sola incluye casi todo el espectro de varias selecciones: Poetas norteamericanos traducidos por poetas venezolanos, editada por Jaime Tello (1976); Poesía norteamericana contemporánea, de William Shand y Alberto Girri (1976); y Cosmopolitismo y disensión. Antología de la poesía norteamericana actual, del mismo Girri (1969). Esa abundancia es nada más la transcripción numérica de un panorama bien cotejado y sobradamente recorrido.


Luis Moreno Villamediana

Ilustración: "Automat", Edward Hopper